No soy de ver películas románticas, pero Call me by your name, además de estar en la lista de nominadas al Oscar, venía recomendada por la mayoría de los críticos y varias de mis amigas.

En la novela homónima de André Aciman vivimos el romance entre Elio y Oliver a través de los ojos del primero. El trabajo de Luca Guadagnino, que a veces se ha calificado como excesivo, aquí es simplemente excepcional. Los planos perfectamente logrados son la contraparte ideal para lograr el balance entre las imágenes y la historia a contar.

El trabajo del elenco es estupendo; pero entre la labor de Michael Stuhlbarg, Amira Casan y Esther Garrel destaca de sobremanera la química y trabajo actoral de Armie Hammer y Timothée Chalamet.


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El Oliver de Armie Hammer es completamente tridimensional. Lo mismo se muestra como el exponente ideal de la indiferencia norteamericana; que como un mar de nervios y dudas ante la posibilidad de acercarse más a Elio. Así mismo, el trabajo de Chalamet es brutal. No solo en los últimos minutos de la película sino en los gestos más mínimos que lo delatan como un personaje introvertido y poco adaptado a su entorno.

La combinación del trabajo de ambos es el vehículo perfecto para que el proceso de enamoramiento que se narra en el libro sea llevado a la pantalla de forma tan exitosa. Pero, nada en el mundo es perfecto. A pesar de su genial trabajo actoral, la película -a ratos- se hace lenta y pesada… justamente como un día bajo el sol del verano donde no pasa absolutamente nada. ¿Quizás esa, precisamente, era la intención de Guadagnino? Nunca lo sabremos.

Al final, Call me by your name  es un peliculón. Las películas románticas siempre corren el riesgo de ser tan dulces que empalagan; esta, definitivamente no lo hace.