Los humanos somos animales de costumbres; las rutinas son nuestra zona de confort, por eso, no es de extrañar que todas y cada una de nuestras metas giren en torno a construir una sensación de “seguridad”. Entonces, lo que en un momento fue considerado como innovador, ha sido normalizado por el paso del tiempo y asimilado por las sociedades. Un ejemplo perfecto de esto es el Internet.

Por allá, a finales de los 90 o principios de la primera década del 2000, un mundo de potencialidades, información y conexiones se abría ante nuestros ojos. 10 años después, estamos hastiados de todo el asunto.


Lee también: Preguntas incómodas: ¿Dios existe?

Hablando con propiedad, pertenezco a una de las últimas generaciones que vivió la época en la que el internet era un complemento a nuestra vida. Hoy en día, aquellos que alcanzan la mayoría de edad no tienen esa experiencia: los teléfonos inteligentes y las redes sociales para ellos son segunda naturaleza.

La omnipresencia del internet ha permeado todos los aspectos de la vida diaria. Ya no solo existen teléfonos inteligentes; ahora tu carro, tu nevera, cocina y lavadora son capaces de acceder a la red para complacer todas tus necesidades. Además, hemos convertido al internet en un factor tan importante de nuestra vida que está en el mismo orden de prioridades que tener una casa o un empleo estable; de hecho para muchos, este último depende del internet.

 

Las generaciones anteriores podían encontrar sentimientos de logro y autoestima a través del progreso profesional o el poder adquisitivo; cosa a la que las generaciones Y y Z no pueden acceder. Por ello, muchos llenamos ese vacío con las redes sociales. Cada notificación desencadena un rush de dopamina en el cerebro, muy parecido a un hit de cocaína.

 

Además, como la cocaína, nos obliga a repetir la experiencia.

Pero más allá de simplemente recompensarnos con el cálido brillo de una descarga de neurotransmisores, las redes sociales alimentan el ego: los gustos y retweets apelan a la aprobación del mundo real.

Las personas con pocas habilidades o carentes de un talento sustancial pueden acumular miles de seguidores a través de tweets y fotos curadas de Instagram, que son mucho más fáciles de lograr que la gloria en el mundo real.


Lee también: Gen Z: ¿Millennials en esteroides?

Entonces, ¿por qué hay tantas personas abandonando las redes? Para la Generación Z, la privacidad es una razón de peso. Según The New York Times, los GenZ son más conscientes de su huella digital y no quieren ser fotografiados en posiciones comprometidas sin su conocimiento o permiso.

Muy en el fondo, creo que todos sabíamos que venía. La gratificación y la emoción asociadas con las redes sociales van en picada. Hay demasiadas imágenes y voces compitiendo por llamar la atención; como niños hambrientos de atención hablando encima del otro, haciendo ruido sin decir nada.

En general, nos estamos retirando de las redes sociales a favor de limpiar nuestras cabezas; buscando conexiones significativas y auténticas, y renunciando a las opiniones de expertos de mentira. Pero, como toda adicción, no es fácil dejarla de lado.

Las redes sociales y el Internet distraen a las masas de la desesperanza política y económica generalizada mientras ofrecen una posible vía de salida. No es de extrañar que a tantos les cueste separarse de las pantallas de sus teléfonos inteligentes.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here