5 escritores malditos.


La literatura es un mundo alternativo. Un mundo fruto de la invención del hombre que trata de plasmar sus anhelos, deseos, pero también sus tristezas y tragedias.

En ese mar de contrariedades y alegrías se han visto envueltos los 5 escritores malditos que cayeron bajo el peso de sus libros.

Todos murieron antes de los 27 años. Algunos fallecieron en extrañas circunstancias y otros se hartaron de su propia existencia y se pegaron un tiro que nunca se pudieron despegar.

¡Comenzamos!

Thomas Chatterton

Era feo como nadie, el primero de los 5 escritores malditos.

Un caballero inglés que arañó la cima del éxito a sus escasos 20 años.

Empezó escribiendo versos a los once, al principio eran borrones indescifrables, pero nunca dejó de intentarlo.

Su alta voluntad se nutría a que era el único sostén de su familia. Su padre había sido convocado por la parca cuando Thomas era un pequeñín con apenas un diente en su boca.

A los quince años, decidió volverse vegetariano. No soportaba el hecho de comer cualquier animal muerto. Sentía, en su más profundo ser, que su organismo se iba a pudrir. Así que se inclinó por ingerir legumbres, tubérculos y hortalizas.

Su aporte al mundo de la literatura fue haber creado un personaje único. Una especie de alter-ego que había bautizado como Thomas Rowley. Un hombre con profundos dotes de poeta que endulzaba el oído de las cortesanas. Y mojaba sus pantaletas.

El 24 de agosto de 1770 fue encontrado en su casa. Estaba tumbado de espaldas con los ojos cerrados. Nunca pudo encontrarse una causa a su muerte. Las versiones extraoficiales mencionaron que sucumbió bajo una sobredosis.

Mariano José de Larra

Lo mató el amor, ¿o el desamor?

No ubicamos en el año 1814, después de la Guerra de Independencia Española. Un niño de rizos negros y mirada profunda había nacido del seno de la familia Larra.

El pequeño comenzó a inclinarse a la escritura. Así que, cuando terminó la secundaria, se inscribió en la universidad para cursar estudios de periodismo.

Al obtener el título, empezó a trabajar en un diario, y debido a su agudeza mental y nítida percepción de los hechos que lo rodeaban, se destacó como una de los mejores articulistas del periódico.

Su fama no se extendería mucho más allá.

Se rindió ante la depresión pegándose un tiro en la sien. Había encontrado a su pareja con otro hombre y no precisamente dándose un apretón de manos. Sino, al contrario, otro tipo de apretón. En medio de las sábanas.

Félix Casanova

Nacido en la tropical isla de Canarias, caducó su existencia a las tiernos 19 años.

Su obra fue corta pero prolífica.  Con un bolígrafo en su mano afincado encima de una hoja de papel, y encerrado en la soledad de su cuarto dejó varios escritos que se publicaron tras su inesperada muerte.

Falleció mientras se bañaba. Una fuerte dosis de gas metano fue a parar a sus pulmones y después de unos minutos se desplomó en el piso de la regadera.

Andrés Caicedo

Madrecita querida, de no haber sido por ti, yo ya habría muerto hace ya muchos años. Esta idea la tengo desde mi uso de razón. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento.“.

Parte de la conmovedora que Caicedo le escribió a su madre antes de acabar con su vida. Y la de ella.

Andrés Caicedo nació en Cali, Colombia. En 1951.

De melena larga y lentes de pasta, se destacaba de entre sus amigos. Quienes comentaban que vivía entregado a los libros. Y que luego, como bien, algunos de ustedes sabrán, se dedicó a la literatura.

¡Qué Viva La Música! sería el único libro que observó a través de sus gruesos lentes de pasta antes de morir. Un día después de la publicación ingirió 66 pastillas para dormir, y como pudo confesarle a su madre; pudo descansar en paz. Tenía 25 años.

Marina Keegan

La última de los 5 escritores malditos.

Una tragedia inexplicable nos quitó a una de las manos más prometedoras de la literatura contemporánea.

Su familia la definía como brillante, amable e idealista.

Desde muy pequeña vivió por y para la literatura. Devoraba los libros de grandes escritores con una voracidad insuperable. Luego se matriculó en Escritura Creativa en la universidad de Yale.

Aquí viene la parte amarga.

En vísperas de visitar a su familia, acudió con su novio en coche. En medio del viaje, el tipo idiota se quedó dormido al volante y se estrellaron contra una valla de seguridad. Debido al brutal impacto, Marina pereció al instante.

A Marina la lloraron miles de personas. Estudiantes, amigos, familiares y profesores se congregaron en el campus donde la escritora hacía vida. Y contemplaron al frente, observando a un hombre que recitó una frase del comienzo de uno de sus libros Lo Opuesto a la soledad.

“No tenemos una palabra que designe lo contrario a la soledad, pero, si la hubiera, definiría lo que yo quiero en la vida”.

Hay una cosa sencilla: Que aún cuando los hombres y mujeres decidan abandonar este mundo o sean arrancados de él. Tendremos el inobjetable consuelo que parte de su alma aún vive entre sus márgenes. Y en nuestras vidas.