Carlos Cruz-Diez.


Decía Leonardo Da Vinci que si alguien quiere ser artista debe potenciar sus cinco sentidos. “La vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato son las llaves para abrir la puerta a la experiencia”.

Siendo así, el artista plástico debe sumergirse en cada uno de sus sentidos para poder llegar al zénit de su trabajo.

Basándonos en el estudio de su trabajo, consideramos que Carlos Cruz-Diez fue esculpiendo lentamente su obra hasta perfeccionarla.

Y lograr lo que nunca antes había hecho: crear, controlar, y detener el tiempo.

El impacto de las botellas

Carlos Cruz-Diez nació hace 94 años en uno de las parroquias más conocidas de Caracas: La Pastora. Un lugar en donde parece que siempre fuese ayer: las calles adoquinadas, casas empedradas y  faroles de medioevo sirvieron como escenario de inspiración a su obra.

Sin embargo, mucho antes de crear su mundo, tuvo que pasar por un período de fase y exploración que inició en la soledad de la pequeña fábrica de botella de su padre.

Allí se dejó hipnotizar por el festival de colores producidos por el impacto de los rayos del sol a las viejas botellas de refresco que estaban guardadas en el depósito del lugar. Y esa experiencia mágica lo acompañaría por el resto de su vida.

Tras tener un propósito y saber qué necesitaba desarrollar en la vida para sentirse parte de ella, comienza tratar de plasmar cosas en papel.

Pero pronto descubre que dibujar lo aburre de una forma insólita así que comienza a explorar en otras áreas.

Su formación

A sus veintipico de años y descartando su vocación como artista plástico, se inscribe en la escuela de Bellas de Artes en Caracas.

Tras culminar sus estudios y graduarse de Diseñador Gráfico es contratado por Creole Petroleum Corporation. En ese lugar comenzaría a hacer pequeños diseños al mismo tiempo que iba puliéndose en el estudio del color.

Luego de su paso por la famosa y casi mítica compañía de petróleo, se enfocó en hacer tiras de cómics para varios periódicos del país.

En 1957, y tras visitar varias veces la ciudad de Nueva York, funda su primer Estudio de Artes Visuales, dedicado al diseño gráfico e industrial.

Dos años después, durante uno de sus muchos viajes a la ciudad de la Luz, comienza a diseñar lo que sería su primera exposición sobre el estudio del color: Couleur Additive y  Physichromie.

Legado

El impacto de las botellas que le había producido de niño no lo había abandonado. Permanecía a la espera, eligiendo el mejor momento para envolverlo y hacer que estallase de felicidad al observar el legado que le estaba dejando al país y a la humanidad.

En Couleur Additive los colores superpuestos hacían aparecer otras tonalidades que dotaban a la obra de vida propia.

Los colores se fundían y creaban otros; la obra mutaba por el reflejo del sol. Había logrado hacer lo imposible: crear, controlar, y detener el tiempo.

Su contribución al arte fue gigantesca.

 

Entre 1973 y 1974, lo contratan como uno de los profesores de arte en una de las escuelas más prestigiosas de la ciudad de La Luz: allí, ofrece un viaje a sus alumnos por las primeras nociones de arte hasta conducirlos a lo que muchos ansían: conocer la obra de su maestro.

En 1987, regresa a la ciudad de los Techos Rojos y escribe uno de esos libros que no pueden pasar desapercibidos para aquellos curiosos del color.

La reflexión sobre el color sería su piedra angular en la que se apoyó para lograr describir el proceso de cambio y mutación que atraviesa el color: una investigación sin precedentes que lo consolidó aún más en el círculo de pensadores creativos que ha tenido nuestro país.

Carta sobre Venezuela

Siendo un hombre sensible y preocupado por el limbo atemporal que atrapa el país, Carlos Cruz-Diez trasladó sus preocupaciones, críticas y anhelos en una carta que escribió hace hace unos cuantos meses atrás.

“Cada quien tiene que pensar en ser autónomo, autosuficiente y generar riqueza para sí y para los demás. A los jóvenes los animo a que se planteen estos objetivos. Hay mucha gente pensante, inteligente en nuestro país, por eso tengo la esperanza que un cambio definitivo se aproxima”.

La carta completa pueden leerla aquí

Sin embargo, nosotros nos quedamos un párrafo realmente hermoso que nos expone la sinceridad de un hombre que nunca ha perdido la esperanza.

A mis 94 años, les digo con sinceridad que les ha tocado vivir una época extraordinaria porque todo está obsoleto y hay que inventarlo de nuevo, hay que inventar un nuevo lenguaje político que hable de democracia, de valores éticos, de libertad, progreso y justicia social, hay que inventar la educación y crear un país de emprendedores, artistas e inventores, un país digno y soberano en el contexto global, en fin, en Venezuela hay que inventarlo todo ¡Qué maravilla!

A veces las palabras impactan al mismo grado de intensidad que los rayos del sol.