Mi nombre es María Helena, venezolana de 22 años de edad, tez morena, cabello negro ensortijado como una enredadera, ojos saltados y nerviosos por la extrema delincuencia que se apodera de mi tierra. Puedo decir que los choros huelen mi nerviosismo cuando voy en una camioneta por puesto. Digo esto porque en los últimos cinco años he sido “la sopita” de ellos al menos unas 10 veces. He perdido celulares, joyas, dinero, amores y otros bienes. He ganado desconfianza, temor, tristezas y odio.

Vivo en una zona muy popular de Caracas, específicamente en el barrio La Pedrera de Antímano, donde abundan las drogas, la muerte, la delincuencia y la necesidad de la gente.

Jamás podré olvidar el episodio que viví cuando apenas tenía 17 años. A partir de allí mi vida tuvo un punto de inflexión, un cambio considerable que me hizo ver las cosas de otro modo.

Era el cumpleaños de mi amigo Laureano, estudiábamos juntos desde el pre-escolar e hicimos una linda amistad. 18 primaveras, y su familia no dejaría pasar por alto la celebración, así que organizaron una reunión donde estarían sus personas más cercanas.

Mi querida Yukensy y yo nos alistábamos para el bonche. Llegar a donde Lau constaba en atravesar la ciudad entera. Bajar en jeep por el cerro, tomar un bus y luego el concurrido Metro de Caracas, el cual teníamos planificado coger en la estación Capitolio. ¿Por qué no lo cogimos en Antímano? Bueno, cosas de mujeres.

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La noche caía y la desgracia comenzaba cuando nos montamos en el bus. Había unas 12 personas, mi adorada Yuken le mandaba un pin a Laureano mientras tarareaba una canción que sonaba en el transporte y decía “esta noche amanecemos, amanecemos parrandeando”.

Transcurrieron dos minutos y se montaron tres tipos de mal aspecto, con caras de criminales, sedientos de cometer delitos, hambrientos de apoderarse de lo ajeno. Yukensy tenía un BlackBerry Curve 9300, y al notar la fealdad de los carajos, se lo guardó en los senos.

Barrio marginal y violento, herencia de la pol’tica de gobiernos anteriores.

Al instante, los rateros de mierda nos dijeron “todo el mundo callao’ y den todo lo que tienen si no quieren que los piquemos aquí mismo…” la frialdad invadió mi cuerpo, sentí que todo se me nublaba y empañaba, sentí miedo, mucho miedo. Los tipos comenzaron a pasar puesto por puesto hasta que llegaron a nuestro lugar. Yo les di mi monedero y el perolito que cargaba como celular, porque una semana antes había botado mi BB último grito.

-¿Y tú no nos vas a dar nada, carajita?

-¡Yo no tengo nada que darle a ustedes!

-¿Cómo que no, becerrita? Yo vi que te metiste el teléfono en las tetas

-¡Que no tengo nada!

-¿Quieres que te deje pegada aquí mismo, puta?

-En serio, no tengo nada.

Esas fueron las últimas palabras que dijo Yukensy en su corta vida. Uno de los atracadores le rajó el cuello y la sangre comenzó a salpicar en mi rostro, le revisaron los senos y sacaron su celular. “No la maté en vano” dijo el desgraciado que le quitó la vida. Intenté ayudarla pero de nada sirvió, a los minutos mi amiga estaba muerta, muerta por un celular, asesinada por la delincuencia que reina en Venezuela.

Ojo-de-la-muerte

Situaciones como estas se presentan a diario en mi país. Hay muchas Yukensys que son asesinadas por morbo, por placer, por cosas tan insignificantes como un celular.

Así es la vida en esta tierra, muchos no se conforman con robarte, también se ensañan y te matan por gusto.

Aunque parezca ficción, todo es muy real. Al final del año 2015, el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) informó que “Una de cada cinco personas que mueren asesinadas en América es un venezolano”.

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