Un día más en la vida de un venezolano

Viernes, salgo de mi casa con la mejor cara a la vida, porque es lo que hacemos para sobrellevar el país, decirnos que podemos más que el entorno. Que mi entorno lo controlo yo. Voy vía a mi trabajo, y antes de entrar al metro me pongo mis mejores audífonos y le doy play a la lista de reproducción de mi teléfono no smartphone, no puedo permitirme uno, no con esos precios, no con esta situación. Comienzan a sonar Blink 182, U2, Apache, Los Aldeanos, llevo música variada. Esas canciones se me vuelven un soundtrack que me hace ver todo con mejores ojos, pero no me gusta mucho estar con audífonos por la calle, paranoia supongo, de tanta noticia y de los robos pasados. Aún así la música me saca esas ideas de la cabeza.

Casi me dan ganas de ir cantando en voz alta “Oh you look so beautiful tonight… In the city of blinding lights” a las personas que se me cruzan en el camino cuando voy saliendo de las escaleras del metro a la calle, aunque puedan pensar que estoy loco, un loco feliz.

Al llegar a la oficina me quito los audífonos y me preparo para la reunión, no se me hace pesada, tengo suerte de tener un trabajo que me gusta, aunque el salario no me alcance para nada con esta inflación. Media hora antes de salir, me llama mi tía y me da las malas nuevas: al mediodía cuando salió a almorzar la apuntaron para robarla, había dejado su cartera en su lugar de trabajo y solo le quitaron el dinero que cargaba encima. Me dice que el muchacho que iba caminando por la calle a su lado en ese momento no tuvo tanta suerte. Pienso en la frase que oiré luego: la de la realidad venezolana.

“Es lo que hacemos para sobrellevar el país, decirnos que podemos más que el entorno”

Llega la hora de volver a casa, antes de entrar al metro me despido de mis compañeros y me pongo mis audífonos de nuevo repitiendo el ritual. Esta vez todo se me hace más pesado, algo cansado del trabajo, hora pico y la multitud de gente se hace tediosa en los vagones. Llego a Sabana Grande, el reproductor de música ha elegido una especie de rock electrónico con hip hop, un género loco, tan loco como el comportamiento animal de la gente saliendo y entrando al vagón, este se llena por completo, pero creo que he estado en peores situaciones siendo aplastado por la cantidad de personas.

Se escucha la alarma de cierre, ¡clac! la puerta se atasca un segundo después. Hay personas a medio entrar todavía, forcejean, no logro ver bien desde mi posición pegado a la puerta contraria. La alarma suena una segunda vez, ¡clac!, la gente alza la voz en protesta a los dos hombres que al parecer no quieren salir y siguen forcejeando. El más joven y alto va con una gorra de esas de visera plana y ancha, el otro un señor más bajo y moreno con pinta de padre de familia y cansado de su día. El joven termina empujando al señor o eso me parece, se ríe y sale del vagón haciendo un comentario. Se cierran las puertas y veo al señor. Tiene cara de malestar, está algo rojo y lo veo acomodarse el koala que lleva y también los bolsillos del pantalón como verificando todas sus pertenencias. Pienso que ahí pasó algo más que un forcejeo normal por entrar al vagón y parece que no soy el único: una señora le pregunta desde la distancia “¿Señor lo robaron?”. Lo veo asentir con un gesto de su cabeza.

Lo robaron y yo no logré ver bien la situación, pero ¿de haberlo hecho hubiera cambiado algo? Quizá otro se dio cuenta, pero tampoco hizo nada.

“Pienso en la frase que oiré luego: la de la realidad venezolana”

A mi derecha dos señoras sentadas y un hombre que va de pie, catire, un poco mayor que yo comienzan la típica charla sobre la delincuencia, sobre el hampa descontrolada, bajo el volumen de la música para escuchar mejor, echan el cuento del robo comando con armas largas de hace unas cuantas semanas atrás donde pasaron vagón por vagón y los delincuentes se bajaron del subterráneo en plenos túneles. Se preguntan ¿qué puede hacer uno?, si te resistes te pueden matar y entonces escucho la frase: “En Venezuela la vida no vale nada”.

El catire hace la pregunta retórica: ¿Cómo es que entran con armas largas a las estaciones? Luego hablan de otro caso, un señor al que robaron y salió a golpear a una empleada del metro porque no persiguió al malandro. ¡Vamos bien Venezuela! Seguro ella tiene la culpa de que el hampa este desatada, y de ser ella culpable lo somos todos, todos los idiotas que permitimos que esto siga pasando.

“¿Cómo es que entran con armas largas a las estaciones?”

Metro-Caracas

Veo que ninguno menciona el asesinato de Plaza Venezuela del fin pasado, y como si estuviese aportando algo bueno al debate lo saco a colación, me preguntan si fue por un robo y les confieso que no lo sé. Un chamo que va frente a mi agrega también que lo robaron esa semana en la universidad. Pienso en el entorno en el que vivimos.

Llego a mi estación y me despido con mis interlocutores con un “Que tengan buenas noches”. Ya nadie se toma la molestia de tener modales para este tipo de despedidas, o saludos según sea el caso. Pienso en cuantas veces no he visto gente llegando a un sitio a comprar algo y en vez de decir: “Buenos días, me da un…” se saltan la primera frase.

Salgo de la estación y subo volumen a mis audífonos, pienso solo en llegar a mi casa, ya es de noche, la calle más peligrosa, pongo cara de culo y ya no tengo las ganas de cantar como un loco. Camino a paso acelerado, enciendo un Marlboro y fumo con la misma rapidez con la que camino.

Llego quince minutos después a mi casa. Me sirvo un vaso de agua, me relajo un poco y me acuesto en mi cama. Pienso en mi día, en lo bueno, en lo malo, en la suerte que tiene uno. Sí, es una lotería en la que todos tenemos un ticket que no queremos. Trato de quedarme con lo bueno y desechar lo malo. Controlar mi entorno a través de mi actitud a la vida, pero es tan difícil… más aún cuando en Venezuela la vida no vale nada

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