“¿Quieres hablar?” me dijo la chica prácticamente desnuda, mientras prendía su cigarro y se bajaba de un taxi, en una concurrida calle del la capital caraqueña, ubicada en Venezuela. Así comienza esta historia.

 

[Crónicas de Venezuela] Capítulo 2: Caracas

Las pequeñas ojeras se asomaban alrededor de sus ojos como sutiles sombras que surcaban esa piel canela. Allí estaba Zacha, quien quería conversar a ratos de sus cosas, solo por un rato.

Acababa de llegar hace pocos instantes de un hotel. Estaba tranquila, solo acompañada de una sonrisa y un cigarrillo.

Mi atención se desvió y con la mirada la recorrí palmo a palmo, su manera de vestir, mientras enseñaba como guardaba una hojilla debajo de su lengua para defenderse si alguien la atacaba.

Esa joven que estaba allí no se parecía en lo más mínimo a la mujer que salió del taxi, ahora compartía su manera de defenderse, mientras se seguía vistiéndose más tapada en las cercanías del Centro Comercial el Recreo en Caracas.

Esa mañana, parada mientras esperaba el bus, Zacha no era ese monumento maquillado con seis tonos de sombras en los ojos, un vestido a rayas semi formal sin espalda que hacía juego con las medias cabareteras hasta la entrepierna, el liguero negro que llevaba debajo y la navaja que se camuflaba delicadamente debajo de su lengua.

Los primeros minutos era como una especie de garota, cubierta de aquella bisutería escandalosa, que siempre engaña entre sus telarañas a algún incauto. Después era solo una muchacha con tantos miedos como los tuyos o los míos.

En ese momento era realmente un Zacha, la maracucha de 26 años y piel tostada, quien quería hablar, mientras esperábamos la camioneta y cual ventilador viendo para todos los lados. Porque afrontémoslo, le gustaba toda la atención.

Esa mañana, mientras esperábamos para partir hacia nuestros respectivos lugares por separado, paseamos por el repertorio de clientes de Zacha. Fue allí cuando vi las grietas en ese espejismo de risas histéricas, cuerpo trabajado, cabellos tratados y quizá una que otra lágrima al descuido.

Zacha no es como tú o como yo.

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Ella no tiene ni horarios, ni labores convencionales. Su jornada termina a las 6:00 am o 7:00 am, llega a veces a la parada del bus semi desnuda y pintorreteada de su salida anterior. En otras ocasiones se va vistiendo en el camino, con el cabello húmedo por la ducha del motel o también con algún moretón, un poco difícil de disimular.

Zacha relató que las “sesiones” con sus clientes van por hora y puede cobrarse en bolívares, que esto oscila desde Bs. 5.000 hasta 12.000 (si quieres algún servicio especial). Si gustas de algunos “masajes”, los costos varían según el gentilicio, al igual que la protección.

Si es un masaje griego puede ser con protección, mientras que si es ruso, la cosa puede cambiar. ¿Y el francés? pues, según la damisela tiene su “derecho de admisión”. Los juguetes no vienen incluidos en el paquete, pero si le das buena espina, ella se podría dejar.

Su teléfono de trabajo es un objeto sagrado entre todas las cosas. Nadie sabe que ella posee un número aparte que promociona en una que otra página web. Ella tiene una doble vida, doble identidad. Zacha podría ser tu prima, tu amiga o quizás la chica que tienes al lado en tus clases de estadística en la universidad.

Zacha padece los mismos problemas de inseguridad que decenas de venezolanos, no tiene esquina para descansar entre los asaltos, ni un policía que interceda por ella, sigue recibiendo golpes, y en algunos ratos pierde la conciencia.

Con esta historia, la media hora de espera del bus se convirtió en un pase de anécdotas que habían a su alrededor. Ella veía una y otra vez el ángel que llevaba en mi cuello mientras repetía: “hago esto por necesidad, ya que el dinero no me alcanza para mantener a mis dos hijos y cubrir mis gastos”.

¿Cuáles gastos?”, le pregunté. Alimentos, el alquiler de un apartamento, teléfono, agua, luz, medicinas, colegio. En algunas ocasiones ropa y calzado (pero solo a veces porque ya no se puede). En un mercado he llegado a gastar hasta 40 mil bolívares y cuando llego a mi casa solo veo que cargo 4 bolsas incompletas de comida.

La realidad de Zacha ella es la misma de todos los venezolanos. Solo que de su boca suena mucho más crudo. Cada frase suena como un resumen de lo que dice el informe del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FMV), donde se reveló que la canasta básica familiar subió a 256.146,79 bolívares en abril.

El Cendas resaltó que se requieren 22,1 salarios mínimos para poder adquirir la canasta básica familiar. Zacha no ve su econonomía en “salarios mínimos”, sino en “polvos mínimos”. Y eso sirve como un anabolizante para aguantar toda la noche estoica (o al menos aparentarlo).

Zacha, que ya se encontraba en descanso, se sentó en la ventana del bus, con una mirada ocasional al horizonte. Yo, dos puestos más atrás, viendo solo una maraña de cabellos y una historia esperando ser contada.

Ella hablaba por telefóno cuando yo llegué a la parada donde me tocaba. Intenté despedirme de ella, pero me vio absorta con la mirada perdida.

***

Hoy escribo sobre el día que conocí a una chica llamada Zacha. Una chica que conocí en la madrugada mientras me iba a sacar la sangre. Una chica que tiene en común conmigo y contigo más de lo que te imaginas.

[divider] Los recintos universitarios al asecho [/divider]

Pese que la prostitución es una actividad ilegal en el país, en los últimos años la fuerte crisis económica de Venezuela ha creado una nueva generación de estudiantes prostitutas de alto nivel que ha extendido sus tentáculos en los recintos universitarios más prestigiosos de la nación.

Haciendo de esto un terreno fértil donde se puede apreciar chicas bellas esbeltas, bien formadas y de cuerpos atléticos.

La prostitución de lujo, es también conocida como el negocio de las damas de compañía VIP o las chicas prepago, es un secreto a voces que retumba en más de una universidad prestigiosa del país.

Las muchachas han afirman que en dos horas pueden ganar el triple de lo que ganarían en una tienda o un trabajo común, y más si reciben a los turistas porque les “pagan en billetes verdes”·.

Para algunas jóvenes la prostitución se ha convertido en un salvavidas que las rescata de la pobreza y les permite sobrevivir para tener los productos básicos como son: alimentos y medicinas a un alto costo. Mientras que otros venezolanos optan por hacer colas para comprar con precios regulados y a veces no consiguen los productos. Estas prefieren en algunos momentos comprárselos a los bachaqueros.

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