Andrea y Randall son dos jóvenes emprendedores venezolanos, no del tipo de emprendimiento desesperado y oportunista, el criminal; sino del honesto, del que lleva tiempo, ese tan valioso en un país como Venezuela.

Ellos son hermanos gemelos, con distintas personalidades, pero no como para compararlos con el yin y el yang. Aunque sus rasgos sean más venezolanos que una arepa con queso de mano, desde lejos se les nota que quieren ser distinto a todo lo que de forma prejuiciosa se identifica con lo que hoy en día es ser un venezolano.

Los hermanos Sevilla tienen un negocio de pastelería. “El Dulce” figura como razón social de su emprendimiento que no para de crecer a pesar de la crisis en el país. Andrea es economista, quien lleva las cuentas, la parte racional de la sociedad. Randall es un apasionado de la gastronomía, su dominio por el idioma francés dice mucho sobre el buen gusto y estilo para las recetas.

Es viernes, día de entrega de los pedidos, El Dulce se caracteriza por cumplir con su clientela. Los hermanos Sevilla contratan un transporte siempre que tienen que hacer entregas grandes. Esta vez se trata de un pequeño pedido que ameritaba un trato distinto, un pedido especial que le hiciera un amigo que estaba de cumpleaños. Andrea decide que puede llegar en transporte público al lugar, son 6 cuadras en la muy concurrida Av Bolivar de Maracay.

Tomar un taxi sería demasiado, un viernes en horas de la tarde parece que la inflación entra en ebullición; los emprendedores del volante no escatiman en aprovechar la demanda de pasajeros, para el taxista es un día perfecto para llegar con dinero suficiente para la comida y un extra para las cervezas del fin de semana.

El trayecto luce tranquilo desde el lugar donde sube a la “camionetica”, Randall no quiso acompañarla, iría más tarde, dijo con el desanimo que le dejaba una larga semana de trabajo.

Con el pasar de las cuadras el bus se va congestionando poco a poco, la racional de los Sevilla decidió tomar asiento, quedaba uno casi al final del bus, del lado de la ventana, al lado de una humilde señora.

A mitad del recorrido, la señora ve con misterio la caja con una etiqueta que dice El Dulce. Andrea, inquieta por llegar rápido a su destino miraba por la ventana.

– Feliz cumpleaños, niña.

– Gracias señora pero no estoy de cumpleaños.

– Ah.. ¿es para tu mamá?

– No, un amigo en realidad.

– Ay que chevere…  mira pero… ¿cuánto te costó?

Andrea hace una pausa para meditar su respuesta, decir lo que realmente costaba aquella torta le causaba un pequeño conflicto mental. Si daba el precio real de aquel pastel era muy probable que quedaría como pretenciosa y grosera, aunque dijera la verdad lo mejor era mentir, algunos pasajeros que estaban a su alrededor ya esperaban disimuladamente el precio de aquel pastel que escondía la caja con la etiqueta El Dulce.

Ah pues niña, no te la voy a quitar… – Increpa la señora a la pensativa Andrea.

-Nada, la hicimos mi hermano y yo.

– Deberías dedicarte a eso niña.

– En verdad lo hacemos, nuestro lema es “Toda celebración, merece un dulce”.

En ese momento dos jóvenes en la puerta de la unidad despiertan la atención de todos los pasajeros, uno de ellos demuestra en su discurso la prueba irrefutable del summa cum laude con el que se graduó de cierto centro penitenciario. Aquello era un atraco, algunas personas murmuraban, no podían disimular el nerviosismo.

Al pasar el semáforo estaba la parada, llena de personas como es costumbre a esa hora. Los emprendedores oportunista que inquietaba a los pasajeros y al mismo tiempo los invitaba a mantener la calma le pidieron al chofer que desviara su camino, no podían llegar a la parada, por ahora, los objetivos no se habían cumplido.

El bus al cruzar la calle, en vez de levantar sospechas, levantó una marea de gritos e improperios por parte de las personas que esperaban el transporte que los llevara a su destino, esa tarde la madre del chofer superaría el promedio de haters/día que de costumbre.

Andrea al percatarse de la situación escondió pastel debajo del asiento. Lo único de valor que llevaba era el postre de su amigo.

Ya a mitad del pasillo estaba uno de los malandros, más nervioso que decidido iba cobrando el peaje a los pasajeros. La forma en la que arrebataba carteras y artículos personales lo hacía ver más peligroso que su socio de la entrada, el arma en una de sus manos hacía movimientos inquietantes Cuando les tocaba el turno, las personas apenas y podían mover los ojos, rezando que el nervioso delincuente no les quitara algo más que cosas materiales.

Andrea no pudo darse cuenta, desde que se agachó a esconder su pastel no hacía más que pensar en la situación país. Recordaba las palabras de su hermano cada vez que tenían que pagar el sobreprecio de la harina de trigo al gerente del supermercado. “El bachaquero es necesario, el bachaquero nos resuelve”. Y es verdad, El Dulce no podía sobrevivir en una economía de escasez.

El bus habría recorrido como 100 metros desde que se desvió de su ruta, el nervioso delincuente llegó hasta el lugar de Andrea, la señora que estaba a su lado ya tenía un poco de efectivo junto a su celular con pantalla monocromática para ofrecer al funcionario de turno.

-¿Qué pasó mi amor?, saca que también te toca.

Andrea miró y en un gesto con los hombros y 5 billetes de 100Bs dio a entender que no había nada más que darle.

-El teléfono, saca lo que tienes allí. -Volvió a decir el malandro, balanceando el arma como si de una carrera de caballos se tratara.

-En serio pana, no tengo nada, me robaron la semana pasada.

El gesto en el rostro del delincuente avecinaba el desenlace. Los ojos saltones y mordedura de labios daban muestra de la poca paciencia que en su psiquis existía.

-Ay mijito, déjeme a mi hija tranquila que está de cumpleaños  -Interrumpió la señora con un tono de voz calmado

La señora buscó debajo del asiento el pequeño pastel y se lo entregó al joven armado. El silencio fue sepulcral, el autobús se detuvo, el pirata en la puerta silbó y con una señal ordenó abandonar el barco.

-Lo único que nos queda es este pastel, si quieres te lo llevas. Ofreció la señora con una sonrisa ya nerviosa.

El joven armado se dio vuelta para bajar del bus. Dos motorizados con chalecos de mototaxi esperaban a los piratas de autobuses. Cuando se marchaban, el malandro que hace un momento miraba con ojos saltones a Andrea pasó por el lado de su ventanilla, en sus labios pudo leerse una expresión.

-Cuídate el dulce, mami.

Andrea llegó a la fiesta de cumpleaños de su amigo, no dijo nada de lo ocurrido, cuando todos cantaban cumpleaños, en el momento de soplar las velas, hizo un suspiro imitando el gesto de su amigo pero sin un ápice de alegría.

-¿Ya pediste el deseo?Preguntó una voz entre risas al cumpleañero.

-Irme pronto del país -Susurró Andrea sin importar si alguien la miraba.

Una nueva Andrea volvía a nacer ese día.

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