Al son de un arpa sonriente y unas maracas coordinadas, retumba en los esteros y llanos el cantar del hombre de campo, que se levanta apenas despunta el sol y se cierne al ocultarse el gran astro. Es la vida del llanero, del trabajador de campo, del hombre que nació con las manos en el toro y que vive sobre el lomo de un caballo, menguando el caminar de cien reses y recogiendo la siembra que el rocío de la mañana ha marcado como lista. Jairo Rodil es hombre de llano, criado con leche de vaca y mosquitero para dormir. Hijo de Don Armindio Rodil Ataya y hermano de otros seis, todos hombres, todos contemporáneos.  Jairo es el único que se ha quedado en el Apure, y el único que aún se codea con el trabajo que implica el fundo de su familia. Jairo tiene dos hijos y una esposa. Jairo es homosexual.

La infinita llanura que se dibuja en los alrededores del fundo “Las Margaritas” es el paisaje que se contempla todas las mañanas. Las lamparas de gasoil se apagan con el goteo del sereno, y a lo lejos canta un gallo padrote anunciando el inicio de la jornada. Mientras ensilla su caballo, su pequeño heredero, Arturito Rodil le trae el café que aromatiza el ambiente y le vaporea la nariz. Su mujer, Martha González de Rodil le entrega sus botas, su manta, una cantimplora con aguapanela fría y un recipiente con pasta, carne guisada y chocheco para su almuerzo. El invierno está próximo a llegar y Jairo debe buscar sus reses en los adentros de la sabana. Una tarea que requiere horas de galopeo y paciencia con el caminar de las bestias.

“Encomiéndese a la Virgen de Manare cuando salga de casa” recuerda Jairo lo que le decía su madre mientras a lo lejos se desvanece su rancho de bahareque. El llano es calor y sol directo sobre la piel, pero en vísperas de invierno el frío penetra hasta el mejor cuero, y más si es muy de mañana. A paso firme, Jairo ajusta su sombrero y cabalga en la inmensa llanura, mientras el sol ya le apunta a los ojos. El camino de ida no es largo, siempre que siga un pasitroteo constante. El de regreso, sí; las reses se toman su tiempo al caminar y no se les debe forzar demasiado pues, los esteros que días antes eran polvo y tierra ahora son barro denso y profundo.

El sol se ha puesto en lo más alto del cielo y en la lejanía Jairo divisa a Martinico, un muchacho que le ayuda a cuidar el ganado del otro lado del fundo. Martinico es el hijo menor del finado Miguel Oropeza, un ganadero que era dueño de uno de los hatos más grandes que ha habido por esas tierras, sin embargo, la guerrilla lo tomó años antes y Don Oropeza tuvo que huir hacia Barinas donde al tiempo falleció. De sus cuatro hijos, Martinico fue el único que se quedo en la sabana, unos días trabajando de capataz, otros de cuidador, resolviéndose el techo y comida diario.

– Patrón, si que ha llegado rápido hoy. Aquí hay apenas unas 100 cabezas del ganado, las otras 50 bajaron río abajo y toca ir a buscarlas.

-Mejor temprano que tarde, Martinico. Vamos a buscarlas, porque el camino es largo de aquí pa’ la casa.

Martinico trabaja con Jairo desde hace algunos meses y es un muchacho acomedido y juicioso. No toma, pero sí le gusta el chimó. Un joven corpulento, de acaso unos veinte años, con rasgos fuertes y apariencia muy varonil. A Jairo le gusta Martinico. Lo ha sabido desde que apenas era un adolescente. Pero solo él y la Virgen de Manare lo saben.

El fundo “Las Margaritas” es un campo basto lleno de horizontales paisajes a orillas de un pequeño riachuelo, hijo del río Sarare. Las otras reses han cruzado el río y pastan en lo que encuentran algo verde. Martinico sabe que no deben alejarse mucho porque el río crece y luego no pueden cruzar.

-¡Ahí están, patrón! 

Martinico baja de su caballo y con alaridos y silbidos comienza a arrear a las bestias. Jairo hace lo mismo, pero del otro lado, buscando achicarlos para darle la dirección que deben tomar.

-Pija, qué barrerío hay, patrón. Ese invierno de este año va a estar bien bravo, y a mi me va a tocar irme pa’ donde la prima María de Los Ángeles, porque aquí me voy es a inundar.

Una risa mutua colma el espacio. Ya las bestias han cruzado el río y Jairo se dispone a montar de nuevo su caballo. Martinico, por su lado, ha caído de bruces al barro y se recompone de inmediato. Su rostro y y camisa han quedado embarradas completamente. Sin mucho tapujo, Martinico se libera de sus prendas y se mete río adentro para enjuagarse. En la medida que Martinico limpia su suciedad, Jairo lo observa con gran atención. Su caballo da un relinche justo en el momento en que Jairo presiona su entrepierna. “Aquí en esta casa somos puros varoncitos y nada de andar mariqueando otra vez, Jairo, porque palabra que lo mato a palo”, son las palabras que Jairo recuerda de su padre cuando apenas era un sute. Su padre lo había encontrado jugando con el hijo del vecino de un modo inapropiado.

Jairo sacude su cabeza y le avienta un espoleo a su caballo.

-Muévalo, Martinico, que tengo hambre y voy es ido.

Ya el ganado estaba preparado para partir. Jairo había vaciado la cantimplora y comido con tal velocidad la pasta que su mujer le había preparado para almorzar.

-Patrón, si mi prima, María de los Ángeles, no me deja quedar en su casa, ¿yo puedo quedarme con ustedes? yo le limpio las caballerizas y le echo el maíz a los pollos, patrón.

Era lo que Jairo había deseado escuchar desde hacia rato, sin embargo un pánico le caminaba desde la punta de los pies hasta la cabeza. Nadie sabía su condición y esperaba que nadie se enterará. Pero podía más su gusto por Martinico, que simplemente accedió a sus intereses.

-Claro, Martinico, donde duermen cuatro, caben cinco. Eso sí, allá estamos faltos de cama, y alguna cosa pues mi mujer duerme con los muchachos y ahí lo acomodo en nuestro cuarto.

Jairo estrechó la mano de su cuidador, mirándolo fijamente. Una palmada cálida sonó en su espalda y un “pilas por ahí, patrón” vibró en sus oídos.

Ya el solo comenzaba a descender y Jairo a lo lejos divisaba su hogar, un hogar que en el fondo nunca quiso tener. Quería a su esposa y a sus hijos, más que otra cosa en el mundo, pero su deseo carnal, su pasión guardada por años palpitaba en su interior tan fuerte como ese amor. “Yo no crié muchachos maricos en esta casa, carajito, y mientras yo viva usted va a comportarse como tal”, una frase que Jairo, pese a ya años de morir su padre, aún escuchaba y le enfurecía y a la vez asustaba. Con resignación Jairo desmontó y entró a su casa. Su mujer ya había preparado la cena y los muchachos estaban encendiendo las lámparas de gasoil.

-Cariño, Martinico va a venir a quedarse unos días aquí mientras el invierno pasa. Tú duermes con los muchachos y yo lo acomodo en mi cuarto…