Hoy es mi tercer día en este pequeño paraíso, que he bautizado “Las Vegas”. Con, si acaso, mil habitantes (podría contarlos) este mínimo espacio territorial es el escape de la realidad y de todo lo que creas es correcto. Aquí no hay ley, literalmente (dos pacos en el pueblo, y una única móvil que pasea sus poquitas calles, o sea dos). Tomas curda donde quieres, duermes donde quieres y haces lo que quieres; eso sí, no te metas con ninguno de sus habitantes, porque aunque no creas, suelen ser bien racistas. Pero eso es algo que pasa en el primer momento, ya después, son costillas tuyas. Lo que pasa en Chuao, se queda en Chuao, mis panas.

Chuao es de esos pueblos escondidos a los que cuesta llegar si no conoces el camino. Nada más llegas a Maracay y ya estás perdido. Luego te montas en una guagua “old school” que te pasea por varios pisos térmicos: del bochorno insoportable de Maracay, al frío de las montañas del parque Henry Pittier; luego humedad selvática no más llegando a Choroní y finalmente, calor y sudor de playa. Luego una lancha te deja tirado allá en plena orilla.

Pero, bueno, yo no vengo a narrarles un episodio de turismo, ni por qué deberías visitar a Chuao. Todo lo contrario, quiero contarles una vaina que me pasó allá y por la que quizá no vayas pendiente de ir.

Como les decía, hoy es mi tercer día y acaso el último en este pueblo. El día que llegué, llegué con mi mochila y un montón de recuerdos y malos ratos que iba pendiente de olvidar. Dispuesto a echarme una pea magistral, y pegarme una buena volada, no más toque arena me fui directo a esos kiosquitos hechos de bambú que tienen en toda la playa. Dame una, dame otra, dame otra, y se me hicieron las seis de la tarde. Ya había cuadrado con un pana mío para quedarme en su casa. El coño es gocho y vino una vez a pasar unos días y terminó quedándose. Ajá, entonces lo llamo y cuadro pa’ vernos y llegarme a su morada, claro, para saber dónde es, porque ganas de beber aún tenía.

“Mira, marico, esta es mi casita. Yo mismo la construí. Bien de pinga, ahí en ese espacio puedes montar tu carpa y si te pica el culo te haces una fogata”, me dijo mi pana, que es bien abraza arboles. Dejé mis vainas en su ranchito improvisado y me regresé pa’ la playa. Ya estaba oscuro y cómo había zancudos. Cuando llegué, ya los carajos del kiosko habían cerrado y yo, coño, ahora qué. Nada, me fui a caminarla por toda la playa viendo que había abierto por ahí. Tanto di vueltas que a lo último me encontré a un carajo que vendía cocuy con un poco de matas de moringa. No sea marico, qué miche más rudo. No le paré bolas y me compré una botellita de esa vaina. La cosa fue que terminé jartándome esa ‘tella y a la hora ya estaba borrachísimo. Tenía hambre y ya eso estaba muy solo, así que me fui para la casa.

A que no adivinan, me he perdido en el camino. Obvio, con esa pea y todo eso oscuro, apenas alumbrado por una que otra luz, cualquiera. Terminé metido en un caserío extrañísimo y con un poco de perros atrás mío. Ni por muy borracho que estuviera, me cagué. Ya estaba yo entrando como en shock cuando se me prendió la chispa. Dije, voy a dejar la mariquera, voy a una de esas casas, toco y digo que me perdí. Ni que fuera el primero. Ajá, sale una señora con cara de WTF y le cuento. Luego la señora sonríe, mira como a lo que es su hijo o esposo, no sé, y le dice “mira, el Aristóbulo lo trajo hasta aquí”. Cuál Aristóbulo me digo, pero no le paro mucha bola. La señora saca una linterna y me acompaña cuesta abajo y me indica dónde queda mi destino.

Yo llego a esa casa emparamado de sudor, con esa seca y un hambrero del carajo, y le echo el cuento a mi pana. El marico se caga de la risa y casi que se mea. Luego me dice, “no, marico, relajado que Aristóbulo es bien. Ese carajo siempre anda pendiente de todos aquí”. El toche como que no me entiende y le digo que quien me trajo fue una doña que vive con un tipo por allá arriba. El pana me dice: “No, man. Allá arriba no vive nadie más que Don Aristóbulo. Todo eso es de él”. Y yo, cómo es la vaina. Me cagué otra vez.

La cosa es que hoy estoy aquí en el puerto y voy es pendiente de irme, de pana. Desde que me levanté todo el mundo me mira raro y el pana mío cada vez que me ve se echa a reir. No sé qué vaina pasó anoche, pero este que está aquí se va.