La luz del  semáforo cambió a rojo y todos los carros comienzan a detenerse. Esta es la señal de partida de Efraín. Trota con tres pelotas y cuatro clavas para comenzar su presentación de 45 segundos, una vez más. Es un chico delgado, de contextura deportiva. No bebe alcohol, pero sus lentes te hacen pensar en minibotellas de anís y su tambaleo en su contrarreloj diario es como de borracho, debe ser por la parálisis de su pierna y brazo derecho.

Una vez pudo correr normal: en un 10k de Mérida en el 2010 y recibió una medalla de oro por llegar de primer lugar. Ahora trota y trota ganando monedas que les son más útiles. El semáforo cambia a amarillo, los motores de los carros comienzan a rugir y cuando cambia a verde vuelve a su esquina. Cuando los carros se van, queda atrapado en una nube de humo que ellos dejan, mientras cuenta las monedas y billetes que logró recoger.

Efraín es un atleta de semáforo, de esos que luchan a la antigua y lo puedes encontrar en la calle 23 y avenida 3, cerca de la Plaza Bolívar . Tras una caminata por el centro de esta ciudad, puedes ver que hay un reino del  rebusque que está dominado por acróbatas, músicos, artesanos y surfistas de camionetas.

Vive solo en esta ciudad y está estudiando Medios Audiovisuales en la ULA, su horario de clases es muy desordenado y por eso no puede conseguir un “trabajo normal”. Se levanta a las 6:00am todos los días para vender café y cigarrillos, luego va a clases y el resto de la tarde malabarea en este semáforo.

Su presente pudo haber sido otro, el de un atleta reconocido a nivel nacional ¿y por qué no? Internacional también. Ganar medallas por correr, reconocimiento por alto rendimiento deportivo y una marca entre los deportistas de este país, pero luego de un accidente en una moto, en la que iba con un amigo, todo cambió: su pierna y su mano derecha no funcionan como antes, y ahora trabaja porque su futuro sea mucho mejor que lo que está viviendo ahora.

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Son las 4:00 p.m. de un jueves. El tráfico fluye como de costumbre y un señor de corbata naranja en un carro con los vidrios ahumados y arriba, lo llama para darle 200 bolívares. No es mucho dinero, pero para ser una de las propinas que recibe por su trabajo malabareando, es bastante dinero.

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Lo último que recuerda Efraín, antes de perder la conciencia en el accidente, es a su amigo gritando “jueeeeputa”. Luego de eso, cuando abrió los ojos, tenía el cuerpo vendado. Duró 4 meses hospitalizado. Le insertaron platinos en la pierna. Esta se destrozó con el impacto al salir volando, de no haber tenido casco no sabríamos su historia. Su madre y su hermana estuvieron cuidándolo hasta que pudo comenzar a movilizarse por su propia cuenta. Odia al frío, pero no a Mérida,  cada mañana y cada noche son una tortura para él por el metal que tiene entre los huesos.

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Son las 6:00 pm y está oscureciendo. Hay luz roja otra vez, pero ya este atleta corrió por hoy. Revisa su pequeño bolso, donde guarda el dinero, y calcula que hoy recogió cuatro mil quinientos bolívares, más o menos. Ahora cruza la calle caminando y la única meta que importa es un colchón.   Antes pasa por una panadería, donde el que atiende es amigo suyo y compra un pan, que le guarda cada tarde y una caja de cigarrillos pequeña.

Se acaba el día y al llegar a su casa, sabe que ese es su refugio. Ahí puede estar tranquilo sin que las personas lo miren raro, lo ignoren o casi lo atropellen. Su casa es el punto de encuentro con algunos de sus amigos, que comienzan a llegar para hablar sobre cómo les fue a ellos y sobre cosas de la universidad. Es el momento del día que más disfruta. Pues, entre esos amigos que van, hay una chica que promete ser el amor de su vida.

Por ahora, él disfruta esto, pero mañana lo espera nuevamente el semáforo, sus clavas y sus pelotas y su andén a la hora de caminar, que pareciera fuera a caer en cualquier momento. Pero, no cae, se mantiene estable y termina su acto. Con el tiempo aprendió a equilibrarse y a descifrar una luz roja, que para todos significa “alto”, en un “salga adelante”.