A veces se hace difícil llevarle el pulso a la cultura pop y nosotros somos los únicos culpables.

Por una parte, el remake se ha convertido en la bandera de la cultura pop durante los últimos años. Hemos visto nuestra nostalgia ha forzado el retorno de clásicos como Blade Runner y sacó del limbo a Twin Peaks casi veinticinco años después de que su último episodio saliera al aire.

Por otra estamos viviendo el auge de los llamados universos cinemáticos; que si bien son una idea relativamente nueva, están causando el fin de las historias tal como las habíamos conocido. Ninguna historia está completamente cerrada; hoy en día no tienes por qué decirle adiós a tus personajes favoritos: Siempre puedes contar con una secuela; precuela o serie derivada donde los vas a volver a ver.

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Estamos quedándonos en el reino de los recuerdos más de lo habitual y la innovación está sufriendo por nuestra culpa.

Decía Julio Cortázar que las historias, una vez terminadas, debían ser como burbujas: Capaces de sostenerse en el aire por si solas. Pero hoy en día, nuestras historias no son piezas terminadas; son como bloques de lego que construyen algo mucho más grande y masivo que quizás nunca estará completo.

Si todos los autores, en el medio que sea, solo se concentran en construir y contraponer secuela sobre secuela, sólo lograran devaluar el valor intrínseco de las historias que están contando. Al final del cuento, solo es un número finito de páginas o minutos hasta que la próxima versión llegue. No hay espacio para la catarsis dramática o los grandes descubrimientos; solo la esperanza de que algo más grandioso y cool está a la vuelta de la esquina.

Reciclar el pasado no es nada nuevo; de hecho, en su libro Metacultura, el antropólogo Greg Urban establece que  la única forma en que las sociedades puedan moverse hacia adelante es viendo hacia atrás. La idea de que como individuos empecemos a preguntar ¿a qué me recuerda esto? O ¿qué puedo aprender de esto e incorporar a mi trabajo? es el resorte perfecto para mantener la cultura moviéndose.

Sin embargo, nuestra fascinación con mirar al pasado sólo ha contribuido a solidificar el modelo pseudohedonista en el que hemos convertido nuestra cultura: Quiero más de lo que me gusta y lo quiero ya.

 

Cuando el artista sólo se preocupa por complacer a su audiencia y deja de lado sus propias necesidades, estamos frente a un problema. Durante la última década hemos visto universos expandirse, capitalizando el valor de lo retro y la nostalgia en las audiencias. Pero, después del anuncio de Marvel de que ya tienen planeadas 20 películas más después de Infinity War, cabe la pregunta: Si el motor detrás de toda creación nueva es un algoritmo que calcula cómo será su posicionamiento en la audiencia, ¿realmente estamos avanzando culturalmente o simplemente estamos creando zombies?