Otro fin de semana, más tiros: Otro montón de muertos.
A pesar de la cantidad absurda de ataques y tiroteos que hemos visto en los últimos años, la constante sigue siendo la misma: Un hombre con ganas de matar y lo sencillo que es adquirir armas para lograrlo.

Estamos tan acostumbrados a que este tipo de eventos sean parte de nuestro día a día, que los números y estadísticas vinculados a las armas de fuego han pasado a ser parte del conocimiento público. Por ejemplo, ente los países desarrollados, Estados Unidos lidera las estadísticas en armas, tiroteos y muertes por arma de fuego. Al otro lado del espectro, con estados corruptos y leyes laxas, la violencia sencillamente crece sin control.

De acuerdo con las más recientes estadísticas del Instituto Internacional de Investigación de la Paz de Estocolmo (Sipri, por sus siglas en inglés) en los últimos cinco años el volumen de transferencias de los principales sistemas de armamento aumentó alrededor del 14% en comparación con el periodo comprendido entre 2006 y 2011.

Evidentemente, ningún régimen legal puede evitar que cualquier loco con un poquito de determinación logre llevar a cabo sus fantasías más enrevesadas. Pero hay pasos que son incuestionables tanto para los expertos como para los ciudadanos comunes. Cosas como los intereses ocultos de los legisladores previenen que procedimientos obvios, como el estudio de antecedentes previo a la adquisición de un arma sean prácticas comunes.

No estamos hablando de medidas extraordinarias, sino de medidas racionales. Seamos honestos, si para conducir un vehículo se debe presentar un examen teórico-práctico, ¿está de más pedir que el procedimiento para adquirir un arma sea más complejo que llenar una planilla y pagar? En ambos casos estamos hablando de máquinas que, usadas de forma adecuada, no representan ningún riesgo. Pero si caen en manos de criminales; personas con problemas mentales o antecedentes violentos, es sólo cuestión de tiempo que ocurra una masacre.

No se trata de limitar las libertades personales de cada quien; se trata de establecer pautas y parámetros para que la “libertad” de unos cuantos no ponga en peligro la vida de otros.

Basta de permitir que quienes realmente tienen capacidad de acción se escuden detrás de un “los tenemos en nuestras oraciones” o “nos solidarizamos con tal país o x estado” al que nos tienen acostumbrados.