La aparición de las redes sociales cambió las reglas del juego en todos los niveles. Nadie duda de su potencial como herramientas de comunicación y difusión; es esta misma característica la que ha dado pie a que sea muchísimo más fácil el intercambio de información y el establecimiento de debates entre propios y extraños.

En la web conviven los puntos de vista más extremos; los cuales, al tener que lidiar con un límite de caracteres terminan siendo expresados de forma simple y radical. Si a esto aunamos el hecho de que estamos en total libertad de seleccionar y editar a quien seguimos, tenemos el caldo de cultivo perfecto para una burbuja informativa; o en otras palabras, crear la ilusión de que una posición es muy compartida cuando sólo lo es en un determinado segmento de la sociedad. Ejemplo perfecto de ello es lo sucedido durante las elecciones de 2016 en Estados Unidos.

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Evidentemente los mecanismos de creación y manejo de opinión pública son trascendentales en cualquier proceso político; ningún miembro de la sociedad puede tomar decisiones acertadas sin la ayuda de información confiable y fidedigna. Contar sólo con ciento cuarenta caracteres obligaba a los usuarios de Twitter a ser precisos con sus argumentos, pero existen temas tan complejos que sencillamente no caben ni en los ciento cuarenta de antes y mucho menos en los doscientos ochenta de ahora.

Entonces, ¿cómo podemos defendernos de la burbuja que nos hemos autoimpuesto? Habrá quienes culpen a los algoritmos y a los ciclos de información en la red. Inevitablemente encontraremos información repetida; por eso los algoritmos son los responsables de calificarla y posicionarla de acuerdo a nuestros intereses, haciéndola más accesible.

En 2014, IBM calculó que cada día se generaban 2.5 trillones de datos; lo que equivale a toda la información generada por la humanidad desde sus inicios hasta 2003. Si a eso sumamos el hecho de que la velocidad tiende a aumentar conforme a la democratización del acceso a Internet; nos encontramos en un escenario donde la censura es sencillamente impensable. Entonces, ¿cómo acabamos con la burbuja comunicacional que hemos construido día tras día?

 

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La respuesta más lógica sería afinando el criterio; pero también entran en juego otros factores. Quizás la clave está en aprender a contrastar fuentes y desarrollar nuestro sentido crítico.

De acuerdo a El Mundo, un estudio publicado por la Columbia Journalism Review  analizó 1.250.000 artículos sobre las elecciones de 2016 en Estados Unidos, publicados entre abril de 2015 y el 8 de noviembre del año pasado. Las conclusiones del estudio tuvieron mucho que ver con el big data: Una red de medios, sin el menor sentido de ecuanimidad como Breitbart News, ha formado apoyándose en Twitter y demás medios sociales una burbuja en la que se refugia la audiencia pro-Trump; que apenas contrasta los mensajes de esos medios prácticamente recién nacidos con lo que publican los medios de mayor trayectoria, incluidos los de centro derecha como The Wall Street Journal o de derechas como The New York Post.

Todos queremos ser dueños de la verdad, pero en la vida no hay absolutos. La versión más real de los hechos es la que avala tanto nuestro punto de vista como el del contrario.