Todos hemos seguido una serie con fervor hasta sus últimos instantes. Cada capítulo, cada retruécano, cada giro inesperado. En el caso de Venezuela, resulta difícil pensarnos como simples espectadores cuando estamos en el ojo del huracán.

A los protagonistas de este drama diario, los días se nos hacen eternos y los rumores van robándonos migajas de cordura. En el capítulo final de la temporada anterior, la Constituyente pasó. No hubo diálogo, no hubo consenso. Cabe la pregunta… ¿El chavismo volvió a ganar?

Si hacemos una lectura floja de los hechos, podríamos decir que sí. Que el villano de la serie volvió a salirse con la suya. Ahora, si nos vamos más allá y leemos entre líneas, es cuando la trama de la serie se pone interesante. Ese “si” de la primera lectura, mágicamente se transforma en un no rotundo. La “victoria” es risible. Escribo victoria entre comillas porque -además de risible- es inventada. Una mentira más de un mitómano con imaginación hiperactiva.  Nada que no hayamos visto antes.

Esto no es más que otro invento de un grupito ebrio de poder que, tal cual lo dijo Goebbels, se creyó su mentira a fuerza de tanto repetirla.  Se creyeron invencibles, y resultó que no. Se inventaron un numerito tan inservible como el billete de cien. Ocho millones que más que aplastantes suenan vacíos. Un número de mentira que sólo sirve para seguir aplicando la fórmula electoral de la izquierda latinoamericana. “¿Por cuánto ganaste tú? Bueno, nosotros vamos a sacar un poquito más”.

No importa, que sigan creyéndose su mentira. Peor para ellos.

Que nadie se asuste ni se rinda.

Las elecciones internas del régimen sólo sirven como preámbulo a la nueva temporada. Recordemos que la dictadura más reciente -la de Pérez Jiménez- el tipo lanzó y ganó un plebiscito meses antes de su estrepitosa caída. Entonces, complazcamos a la audiencia y cerremos esta serie con el final que todos esperamos.