La lista de adjetivos para describir al venezolano es larga. El venezolano puede ser alegre, trabajador, rumbero, jodedor pero uno de los mayores defectos que tiene es su falta de memoria.

Se nos olvida todo.

En el colegio se nos olvidaba la tarea. Felicitamos a los cumpleañeros hasta ocho días después a cuenta de la octavita y hasta hoy seguimos creyendo que siempre tendremos “mañana” para resolver.  A las mujeres golpeadas se les olvidan los moretones y fracturas cuando el marido llega a la casa y les dice que las ama y no lo volverá a hacer.

El preso olvida el rostro de su carcelero cuando –por obra y gracia– decide cambiarle el aspecto y tamaño a la celda.

El síndrome de Estocolmo es real, no es un cliché ni una frase inventada. En estos casos, la persona detenida contra su propia voluntad desarrolla una relación de complicidad con su secuestrador. Entre ambos se establece un vínculo y el secuestrado empieza a tener sentimientos de identificación, simpatía y agrado por su secuestrador.

Lo bueno es que en el caso de Venezuela, los agredidos somos más que los agresores. Somos muchos los que hemos sufrido a manos del gobierno y en este momento estamos más claros que nunca. Lo dijimos en otra editorial: No hay recule que valga, no somos los mismos de hace tres años. Si hay alguien a quien se le olvida la razón detrás de estos 100 días de protesta, que quiera hacer dibujo libre o se crea los trapos rojos del gobierno para desviar la atención, hay varios millones de consciencias dispuestas a recordárselo.

La memoria no tiene que ver con fijar hechos o establecer una verdad oficial; recordar es un proceso individual y personal. Sobre esto, decía Fernando Savater que “es mejor que establecer las frágiles y dolientes verdades del pasado sean tarea de los historiadores y no resultado de conveniencias políticas. Por lo demás, la memoria que cada cual guarda de lo que ha vivido nunca puede ser sustituida por decreto”.

Para cerrar este editorial propongo un ejercicio sencillito: Dejemos de ser olvidadizos y apliquemos el Arya Stark.

De aquí en más, recordemos cómo y por qué hemos llegado hasta aquí.

Repitamos hasta la saciedad los nombres de nuestros verdugos. Recordemos a los caídos. Recordemos que ser un país desmemoriado, que cree en que algún día que va a aparecer un mesías a rescatarnos del caos, nos metió en el hueco más profundo de nuestra historia republicana.