Alguna vez en nuestra vida hemos jugado monopolio.

La idea de este juego es ir acumulando propiedades para que los demás jugadores tengan que pagarte renta cada vez que aterrizan en cada una de ellas. Con el tablero, las fichas y los títulos de propiedad vienen incluidos un montón de billeticos de colores.

Los billetes de monopolio son rectángulos de papel con un número impreso en tinta negra. No tienen ningún valor. Los billetes de monopolio no sirven en ningún otro juego. Fuera de su caja, solo son eso: papel y tinta.

En Venezuela vivimos una partida eterna de monopolio, pero de otro nivel.

Aquí vivir de las rentas es imposible; tampoco hay propiedades por comprar porque el poder adquisitivo sencillamente no existe. Entonces, la meta del monopolio venezolano es una sola: Sobrevivir.
Cosas tan básicas como hacer la compra son angustiantes. Si tienes suerte y encuentras el producto que estás buscando, lo más probable es que haya subido de precio desde la última vez que lo viste.

Pero si lo tuyo es jugar en el nivel más incoherente de dificultad, intenta conseguir efectivo. No importa el día de la semana o la hora del día: En el 2017, conseguir un cajero que dispense efectivo es absurdamente complicado a pesar de que, en algunos casos es el único método de pago disponible. Primer turno: Llegas a tu banco. Hay seis o siete telecajeros disponibles. De esos seis, ninguno tiene efectivo. Toca tirar los dados de nuevo e ir a otro banco. Vas a dos, tres, cuatro bancos; pasan las horas y aún no has logrado tu objetivo. Finalmente, hastiado, dices uno más y me voy. Cuando llegas al último banco del día, hay dos noticias esperándote. La buena es que de los seis telecajeros sólo uno tiene efectivo; la mala es que delante de ti hay una fila de veinte o más personas que persiguen el mismo objetivo que tú.

Entonces el juego de resistencia se convierte en una especie de ruleta rusa o carrera contra el reloj. Cada persona que logra llevar a cabo su transacción disminuye tus probabilidades de poner unos cuantos billetes en tu bolsillo. No sabes si seguir esperando o huir y seguir buscando en otros bancos.

Lo más triste de todo es que en este juego nuestros rectángulos de papel de colores no sirven de mucho; su valor disminuye tan rápido como presiono estas teclas o simultáneamente conforme vas leyendo estas líneas. La única diferencia es que los billetes venezolanos no están hechos de papel común y corriente como los del monopolio, sino que se imprimen en papel moneda.

Esta partida la ganan otros y nosotros somos las fichitas que se desbancan mientras dan vueltas en el tablero.