En 2002, cuando el chavismo vivía mejores tiempos, la oposición entendió que la única forma de hacerle frente a semejante monstruo era una sola: Unir voluntades para tratar de vencer los números.

En el papel, la idea era casi perfecta: Miles de mentes persiguiendo un objetivo único. El proceso de acoplamiento no tardó en ofrecer frutos. Primero tuvimos la hoy difunta Coordinadora Democrática que después mutó en lo que hoy conocemos como Mesa de la Unidad Democrática; pero tanta pluralidad sin una conducción apropiada pasa factura. La causa de muerte de la coordinadora fueron las discrepancias, mientras que la MUD vive su peor crisis hasta la fecha.

Son tiempos inciertos. El sentido común no es tan común y la coherencia política no se ve ni en la esquina. La MUD recibió el mandato de más de siete millones de venezolanos, y ¿qué hicieron con eso? Nada. Dijeron que nos preparáramos para una “hora cero”, ¿y qué pasó? Nada. Después de años de oír a la MUD diciendo que el CNE es corrupto y hace más trampas que villano de dibujos animados, deciden acatar el llamado a elecciones regionales. ¿Ah?

Decidir seguirle el juego al enemigo y embarcarse en unas elecciones para preservar espacios puede ser visto como un paso en falso. Más aún cuando el ente garante es fraudulento y esos espacios a preservar pueden ser eliminados de un plumazo.

La sordera selectiva de los dirigentes de la MUD puede precipitar un divorcio mucho más peligroso que las pugnas entre sus dirigentes. Las diferencias irreconciliables entre pueblo y MUD siguen creciendo; arriesgándose a que el pueblo le ponga firma y los deje atrás.

Hemos visto a todos los partidos que componen la MUD coincidir en que Venezuela necesita un cambio. Pero no se ponen de acuerdo en cómo llegar a la meta. Cabe preguntarse, ¿puede subsistir una coalición política sin un estratega que lleve las riendas?

Dice el dicho que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones.