En 1947, la junta directiva del Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago empezó a hablar del reloj del juicio final. No, no es un reloj de cuerda o de bolsillo ni de los que tenía tu abuelita: Es un reloj simbólico que lleva la cuenta del tiempo que separa a la especie humana de la medianoche. En este caso, la medianoche es la destrucción total y catastrófica de la humanidad.

En principio, en el reloj se representaba la amenaza de una guerra nuclear global, pero de un tiempo para acá, en él influyen cosas como cambios climáticos y todo desarrollo en las ciencias que pudiera infligir algún daño irreparable a la raza humana. Si Venezuela tuviese un reloj del juicio final, con cada día que pasa el minutero estaría acercándose inexorablemente a las 12.

Se nos acaba el tiempo.

El 30 de este mes está pautada la elección de una asamblea nacional constituyente, a través de la cual el presidente y su combo no buscan otra cosa sino tener el poder absoluto. La constituyente es la excusa perfecta para perpetuarse en el poder más allá del fracaso, hipotecando el presente y futuro de millones de venezolanos. En este nuevo bodrio rojito, los constituyentes no se elegirán como lo dice la ley sino como el bigotón quiere.

El segundero del reloj no se para y los más de noventa días de protesta los tienen mal. Sin ir muy lejos, el Presidente declaró el martes pasado que si la Revolución fuera destruida, ellos irían al combate, y que lo que no se pueda con los votos, lo harían con las armas. Ayer vimos como el TSJ nombró a una vicefiscal a dedo y sin la aprobación de los organismos competentes; como si la solución a todo este peo fuese inventar un país paralelo donde todo está bien porque el jefe máximo así lo ordena.

El Reloj del Juicio final ha ido acercándose o alejándose a la medianoche según los dictados de la política mundial. El reloj de Venezuela es como su gente y sólo conoce una dirección: pa’lante

Son los momentos decisivos del juego, en nuestras manos está detener el reloj.