Cuando usó crema, ya no la tuvo irritada

Por Carlos Noblot / @mrtolbon

 

M ha comenzado a tocarse a los diez años, a los doce ya eyaculaba. Eyaculaba sobre revistas o periódicos, eyaculaba en sábanas y eyaculaba sobre manuscritos insípidos. M descubrió un día que masturbarse con crema era mucho más placentero que hacerlo con la dureza de la palma de su mano; buscaba él un placer jugoso, húmedo, que se asemejara a introducir su pene en aquellas aberturas que le producían excitación, y no una labor pétrea, agotadora, que dejaba sus manos rojas y cansadas.

M tuvo su primera experiencia sexual a los diecisiete años, la segunda a los veinte. Entre dos vaginas hubo tres años de masturbación. Entre penetraciones, tres mil doscientos ochenta y cinco pajazos, pajazos lubricados con saliva o crema. Qué había de interesante en todo aquello, se preguntó un día mientras se masturbaba.

M suele dormir con una lamparita encendida. No le gusta la oscuridad total, tampoco le gusta el silencio. M no es un ser bien parecido, quizás ciertos rasgos aumenten su calificación a “medianamente atractivo”, pero, sorprendentemente, a sus veinticinco años los encuentros sexuales son frecuentes. Después de cada encuentro M no puede evitar masturbarse. Por qué, se pregunta escupiendo a su mano derecha.

M no suele ver pornografía con regularidad. Se excita más cuando ve televisión que cuando ve pornografía. Siguiendo la costumbre, su pene cosquillea al estar en presencia de revistas o reality shows. Los reality son para el pene de M, el maná caído del cielo. M y su pene flácido deambulan, cuarenta minutos de sequía, ansias, apetito, la televisión se enciende y M con algarabía se alimenta, después explota. Blancas navidades. Los sábados lo hace dos veces porque los reality vienen en maratón y los domingos su madre lo lleva a misa. Masturbarse después de hablar a Cristo es pecado.

M posee otras habilidades más interesantes, aptitudes o destrezas que llenan de orgullo a su familia y que lo sitúan como un “bien capital” dentro de la oficina en que trabaja, pero de eso no vamos a hablar aquí. Vamos a continuar reseñando su hábito malicioso.

M posee un aparato reproductor de considerable tamaño. Sus destrezas en la cama son aceptables, es esta la razón principal de su casamiento. M, se casa a los treinta años. Su mujer no nos importa, nos atañe el hecho mas no el individuo. La unión sentimental no cambia las costumbres de M sino las potencia a un extremo peligroso. M, ha vuelto a tener diez años otra vez. Eyacula sobre revistas, sobre tablets y teclados, sobre medias y sábanas, sobre los muebles y el control remoto. M se ha derramado por toda la casa, ha marcado territorio, invisiblemente todo le pertenece.

M encuentra sumamente divertidas las noches en las que su mujer lleva amigos a casa. Estalla en carcajadas. Los invitados no hacen otra cosa sino disimular el desagrado y tomar otro trago de la taza.

M tiene un hijo. M se divorcia. M se masturba diez veces.

No sabemos con exactitud si las prácticas del padre las ha heredado el hijo, probablemente sí, pues es bien sabido que el hijo teme la castración. El pequeño toma el lugar del padre. Donde uno antes se ha derramado, el nuevo ahora se disemina.

M pasa sus últimos años maldito, pues el Señor no perdona semillas despilfarradas.

M el Onanista se interna en un viejo apartamento y vive en comodidad, pero M y su pene han dejado de ser los amigos inseparables que antes eran. Qué es esto, demanda con rabia y tristeza mientras golpea al falo y lo mueve de un lado a otro. El miembro no contesta, se queda flojo e inerte.

 

@ENCVZLA