Lo que pasa en los pequeños lugares

Por Myriam Useche/ @MimiUseche

Una vez caminando por un pueblo muy pequeño que si quiera llega a las cinco cuadras me preguntaba ¿Qué sentido tenía vivir en una pecera? La gente caminando por las calles angostas sabiendo de donde provienes, donde cada quien juega un rol determinado y no  hay alternativas. Se conocen absolutamente los unos a los otros, ha sido así desde siempre, o al menos eso creen.

Sentada en la plaza, el punto de encuentro de todos aquellos habitantes los domingos, me di cuenta que las miradas de esas personas escondían momentos.

Caminaban hacia la iglesia el Sr y la Sra Méndez más desinteresados que nunca el uno por el otro, ya eran cinco para las once y la misa dominical estaba a punto de comenzar. De repente una mujer muy llamativa de unos veintinueve años se tropieza con el Sr. Méndez, mientras su esposa sigue caminando angustiada por encontrar puestos para la misa. El Sr Méndez voltea a ver a la mujer con quien tropezó, ella le devuelve la mirada se sonríen y continúa cada quien por su lado.

A las afueras de la Iglesia estaba un hombre de aproximadamente unos sesenta años fumándose un cigarro, a medida que la gente entraba lo saludaba. Era el médico del ambulatorio del pueblo.

Prácticamente corriendo por la plaza desde la calle una mujer le dice a su hijo: “Apúrate mi amor, vamos a llegar tarde”. El niño responde: “Me da miedo equivocarme mami”. La madre le contesta: “Tú recuerda como ensayamos en la casa, piensa que no hay nadie más escuchándote, lo harás bien”.

La mujer encuentra su mirada con la del hombre que está a dos jalones de terminarse el cigarro y le dice al hijo: “Ve entrando, ya te alcanzo” y el niño obedientemente lo hace. El hombre se le acerca a la mujer: “¿Vendiste los 10 gramos que te di?”.  La mujer le responde: “No he tenido tiempo”. El doctor ya molesto le dice: “Te los di hace una semana, y en este pueblo siempre hay alguien que quiere, se te está acabando el tiempo. Vas a tener que volver a tu trabajo anterior donde el sueldo no te alcanzaba para nada”. La mujer lo mira con sumisión y le dice mientras se aleja de él hacia la iglesia: No, yo los vendo. La misa ya va a comenzar y mi hijo me espera, hoy el padre le dejo leer la primera lectura”.

Sentado en un banquito al lado del mío un chico de  aproximadamente diez y ocho años  junto a una niña de su edad le susurraba: “Disculpa lo torpe de anoche, la próxima durare más”. Ella le responde: “Fue mágico, hagámoslo de nuevo”. De la Iglesia sale una mujer de cuarenta y tantos años gritando: “María, ¡entra ya!”. La chica se levanta del banquito no sin antes disimuladamente tomarle la mano al chico

Pasada la hora la gente sale de la Iglesia,  hablan en la plaza, comparten, disfrutan de la compañía los unos con los otros, cada quien cumpliendo las funciones que les corresponden, no sin intercambiar miradas que solo los involucrados entienden.

Una aventura de un hombre casado, lo que una mujer hace para tener que comer, como un chico se hace hombre, son situaciones que suceden todos los días en cualquier parte; pero en este lugar es mejor ser discreto y seguir con la cotidianidad que todos conocen. Después de todo ¿cuantos secretos más no habrán escondidos en la aparente pecera?