Tenemos que admitirlo: La sociedad moderna funciona como un reality show. Cada uno de nosotros está viviendo sus quince minutos bajo los reflectores y la amenaza de decir algo equivocado, en el momento y a la persona equivocada, permanece suspendida sobre nuestras cabezas como la espada de Damocles.

 

 

Hemos dispuesto nuestras vidas, ideas y percepciones de la mejor forma posible en una vidriera al alcance de todos. La presencia masiva de las redes sociales en nuestra vida no solo ha logrado convertirlas en el filtro a través del que pasan todas las manifestaciones culturales; también han funcionado como un gran ecualizador, poniendo a celebridad y espectador en el mismo terreno.

No importa cuál sea el campo en el que se destaquen; hay una miríada de estudios que explican que tendemos a creer que ese nivel de destreza también afecta otros aspectos de su vida. Por más absurdo que suene, esperamos que nuestros actores, músicos o deportistas favoritos  sean más inteligentes o tengan estándares morales más altos; esto es conocido como el “efecto halo”.

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Lamentablemente, cuando esta percepción casi perfecta se rompe, es inevitable que nos molestemos. Seamos honestos, prácticamente es inevitable que tus favoritos te decepcionen.  No importa quién sea ni que haga. Por más que intenten esconderlos, siempre va a haber algún tuit incriminatorio o un video que inmortalice una opinión que ofenda a alguien. Son humanos, después de todo.

Sin embargo, nos negamos a hablar abiertamente de los defectos de las celebridades que amamos por una sencilla razón: Nos vemos a nosotros mismos en ellos.  Tendemos a juzgar a las celebridades a las que seguimos bajo los mismos estándares morales que a nuestros amigos; esperamos que sus sensibilidades e intereses se parezcan a los nuestros de la misma forma que su arte hace que nos identifiquemos con ellos.

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Que un rapero como Drake lance un sencillo mofándose de Kid Cudi es normal; después de todo Cudi pegó primero. El problema estuvo en que el sencillo salió a la luz días después de que Cudi entrara a rehabilitación. Muchos celebraron cuando Trevor Noah fue nombrado presentador del Daily Show; otros más se encargaron de sacar a la luz unos tuits misóginos y racistas del 2011 . El feminismo de Lena Dunham ha sido criticado por  privilegiado y racista; la carrera de Kevin Spacey está en stand-by tras ser acusado de acoso y así sucesivamente.

Hay un porcentaje importante del fanático que tiene que ver con la lealtad. Es esa parte de nosotros que no quiere soltar su programa de televisión, álbum o película favorita. Están absolutamente claros en que su favorito se equivocó, pero han invertido tanto tiempo apoyándolos que se les hace difícil dejarlos de lado. Es una reacción netamente impulsiva; comprensible pero fea.

Cuando nuestros favoritos se caen del pedestal en el que los hemos montado, ¿realmente podemos separar al arte del artista? ¿Es eso razón suficiente para que dejemos de seguirlos y a su trabajo?

Evidentemente estamos frente a un cambio de paradigmas;  lo que implica que tenemos que replantear la forma en la que estamos consumiendo cultura. La idea no es caer en el ascetismo que predican los extremistas sino establecer nuevas reglas de juego.