Llegas del trabajo, por alguna extraña razón no hay gas en la casa, maldices a Maduro y sales al kiosco comprarte una efímera y jugosa hamburguesa.

Mientras tus ojos saltan ávidos de apetito al ver la carne que está en la plancha y escuchas el inesperado sonido como si un globo se estuviera desinflando pero solo es la espátula que aplasta la croqueta, experimentas de pronto una súbita felicidad. Veganos, fuera de aquí (:

Observas al encargado que tiene un gracioso gorrito blanco en su cabeza, moviéndose como un pulpo de pinzas metálicas con una rapidez impresionante, agregando la lechuga, la cebolla, el tomate, la ansiada croqueta que se fundió con el queso y la lonja rosada de jamón. Pides la clásica salsa de ajo. Pagas y te vas.

Vuelves a la casa, abres la bolsa y el olor a felicidad se termina propagando por el todo el comedor que te vuelve a dibujar una sonrisa en el rostro, -comprobado, el amor puede volvernos tontos-.

Sin embargo, justo después de comerte la hamburguesa en un tiempo que podría ser calificado como el más rápido en los Record Guinnes, fabricas la placentera pero engañosa idea de irte a dormir.

Y justo cuando estas arropado hasta las narices, y empapando de saliva la almohada, empiezas a tener extrañas pesadillas.

¿Qué pasó si todo estaba bien?

Según la insufrible ciencia que todo lo quiere saber, y se expone en un artículo dentro de la revista Psychology Today, consumir alimentos pesados -la deliciosa croqueta- en altas horas de la noche puede inducir al organismo a esforzarse más para digerir la comida.

Es decir, si obligas al cuerpo a volver a funcionar, luego de haber caído en reposo; abrirás la puerta a todo tipo de pensamientos, incluyendo pesadillas que se subirán por todas las paredes del cerebro agitando tu sueño con fines maléficos.

Así que la próxima vez que sueñas con Cilia Flores en un babydoll rojo guindada en un poledancing y guiñandote el ojo no digas que no te lo advertí.