Hay una pregunta más vieja que la del huevo y la gallina que aún no tiene respuesta: ¿El ser humano es bueno o malo por naturaleza?
Psicólogos, filósofos, sociólogos y teólogos han intentado responder pero hasta ahora nadie ha dado en el clavo. La cuestión del bien y el mal no pierde importancia con el paso del tiempo porque los seres humanos somos individuos altamente sociales; es por eso que nos interesa saber lo que hacen los demás y por qué. Necesitamos saber quién es bueno y quien malo, así es más fácil identificar con quien reunirnos y a quien evitar.

Si el individuo fuera bueno por naturaleza, la realidad definitivamente sería diferente. Quizás las guerras no existirían y los conflictos políticos no pasarían de una simple discusión y un apretón de manos. Por otra parte, si el hombre fuera malo por naturaleza, entonces la lucha por futuro mejor y más próspero no tuviese tantos adeptos.
Fisiológicamente, nadie nace bueno o malo; simplemente nace. No hay genes maléficos o benévolos que predeterminen la aparición de alguna de esas características. Pero la naturaleza humana, a veces, puede ser completamente predecible.
Hobbes y Kant predican que el estado natural del hombre está lejos de ser pacífico. Toda actuación del ser humano está enfocada a sobrevivir en sociedad. Por tanto, la búsqueda de la paz no deja de ser una mera razón práctica. Por otra parte, para Rousseau el ser humano es bueno por naturaleza, pero es corrompido por la sociedad conforme va creciendo bajo las reglas de la sociedad.

¿Cuál de ellos tenía razón?

Según Paul Zak, pionero en neuroeconomía, la bondad o maldad de un individuo dependen netamente de su entorno. Si se encuentra en un ambiente estable y con suficientes recursos, el individuo tiende a comportarse “moralmente” para sostener su lugar en la comunidad. Ahora, si el individuo está en un entorno completamente opuesto al anterior, donde los recursos no son suficientes para garantizar su supervivencia, saldrá a la luz su peor naturaleza.
No existe una línea perfecta que delimite el bien y el mal; el mundo no tiene una tabla de alineamientos como en Calabozos y Dragones. Según Zak, todo tiene que ver con los niveles de oxitocina de cada quien. De acuerdo a sus experimentos, cuando tratas a alguien de forma “decente” o adecuada, los niveles de oxitocina suben y el individuo se siente bien.

Como el individuo responde bien ante los refuerzos positivos, repite la acción en espera de un nuevo shot de la hormona; es por eso que la llama la “molécula moral”.
Pero este coctel de ciencia y moral no le ha caído bien a muchos. Hay quienes lo comparan con la cobertura noticiosa del descubrimiento de las partes del cerebro “responsable” de cosas como la avaricia, toma de riesgos o creencia en Dios. Según ellos, dar con la raíz fisiológica no necesariamente significa haber descubierto la causa real de un fenómeno.

Entonces, ¿somos buenos o malos? ¿Morales o amorales? Científicamente hablando, nuestros comportamientos han evolucionado para aumentar nuestras oportunidades de supervivencia y reproducción.
No somos tiernos angelitos ni malos como Hitler. Somos una especie complicada; la humanidad está estacionada en el espacio común entre ambos extremos. Vivimos en el medio y cambiamos de dirección conforme sea necesario.
La bondad o maldad de nuestros actos depende del entorno en el que nos estemos desenvolviendo.