Todo el mundo y su mamá está hablando de los millennials. Para quienes aún no lo sepan, “millennial” es cualquiera que haya nacido entre 1981 y 1995. Estos chamos que se hicieron adultos en pleno Y2K -para bien o para mal- son los agentes de cambio que modifican nuestra realidad mientras envían emojis y publican en las redes sociales desde sus smartphones.

Según un artículo de la revista Forbes, el 30% de la población actual de Latinoamérica es millennial y para 2025, representarán el 75 % de la fuerza laboral del mundo. Entonces, tratemos de entender qué los mueve a tomar las decisiones que cambiarán el panorama mundial por las próximas décadas.

En ese mismo artículo caracterizan a los millennials como bien informados, críticos y exigentes. Entonces, ¿qué hace que se identifiquen como socialistas? ¿Será que estos panas no se han enterado que, históricamente, todos los sistemas socialistas –democráticos o autoritarios– han fallado estrepitosamente en satisfacer las demandas del pueblo a quien pretendían servir?

Hemos visto a candidatos como Bernie Sanders en Estados Unidos, Jeremy Corbyn en el Reino Unido y partidos como Podemos en España ganar espacios con la ayuda de una base mayoritariamente formada por millennials. En un estudio hecho por el Instituto de Política de Harvard, más de la mitad de los encuestados respondió que no estaba de acuerdo con el sistema de libre mercado conocido como capitalismo. Para rematar, un tercio de esa misma población respondió que apoyaba el socialismo.

¿Pero si los millennials son todos emprendedores y apoyan la libre empresa? Me perdí.

Volvamos al principio.

Los millennials del primer mundo vieron y vivieron como sus padres –los baby boomers– perdieron todo después de los desplomes económicos.

Lógicamente, los millennials van a optar por el opuesto diametral como la alternativa “más segura” frente al caos creado por el capitalismo. Más peligroso aún: si los millennials son considerados como el grupo que más acceso ha tenido a la educación; entonces ¿por qué eligen apoyar una doctrina cuyos fracasos sobrepasan a sus aciertos?

Hemos oído hasta el cansancio el ejemplo de los países nórdicos como prueba de que el socialismo puede funcionar. ¿A quién no le gustaría vivir en Noruega donde todo funciona como una máquina bien aceitada? El error está en catalogarlos como economías socialistas porque tienen altos niveles de gasto público y cargas tributarias. Como explican en El País, los países nórdicos califican como las naciones con mayor libertad económica del planeta.

La libertad económica es la capacidad de prosperar a través del ejercicio libre de la actividad económica. ¿No es eso lo que buscamos? La libertad económica de un país determinada por cinco factores: El tamaño del Estado; su sistema jurídico y derechos de propiedad,  solidez de la política monetaria, libertad de comercio internacional y  la regulación de los mercados crediticio, laboral y comercial.

En los países nórdicos, el tamaño del estado es absurdamente grande pero compensan con excelentes políticas en el resto de los apartados. Esa es la clave para el estado de bienestar de estas naciones.

Habrá quienes digan que los millennials no apuestan por el socialismo de la vieja escuela. Que quieren redefinirlo y convertirlo en un modelo que fomente mayores facilidades en los aspectos sociales y económicos. Señores, detrás del socialismo hay una sola idea: El colectivo antes que el individuo.

Los socialistas sueñan con crear una sociedad justa y libre de clases sociales que tenga un reparto de riqueza igualitario. Abran los ojos, la idea del “todo para todos” es tentadora pero no es otra cosa sino una utopía barata.

Todo para todos implica que recibirás lo mismo que alguien que no tenga las mismas calificaciones o trabaje tan arduo como tú. Implica estancarse porque no hay incentivos para surgir. Todo para todos decir adiós a los inversores, porque a final de cuentas ellos tienen más que tú. Todo para todos es el estado diciéndote que eres inútil y no puedes manejar tus recursos; que ellos con mucho gusto lo harán por ti.

Es muy fácil declararse socialista desde el primer mundo. Llenas tu nevera con lo que quieras (y cuando quieras); cambias de iPhone cada vez que te da la gana y compras ropa de marca sin desbancar tu presupuesto del mes.

Más fácil aún hacerse de la vista gorda cuando te ponen frente a frente con las atrocidades cometidas en nombre del socialismo y responder “es que eso no es verdadero socialismo”.

Pero créannos. Los venezolanos –millennials o no – hablamos con conocimiento de causa: El socialismo no es otra cosa sino una gran plasta.