El 30 de mayo, el periódico El Nacional publicó una nota sobre la rectora del CNE Socorro Hernandez. Una de las cosas que más me perturbó fue que la rectora comparó al Estado venezolano con una familia: “En este momento hay un presidente que es como el padre, la Sala Constitucional es la madre y el resto de los poderes los hermanos de esa familia”, aseguró.

¡Vaya familia! Para este editorial propongo que nos mantengamos dentro de los límites de la comparación de la rectora. Entonces, esta mujer pinta a los venezolanos como niños abandonados a su suerte, víctimas de un hogar donde en vez de garantizar nuestro desarrollo se han encargado  de hacernos crecer a los golpes. El padre está en el centro de todo: No sabe administrar bien la plata para que no falte nada en casa y aparte, mata los sueños de sus hijos a diestra y siniestra.

Sí, mata los sueños y mata a los hijos. Los mata de hambre, los mata al negar atención médica y medicamentos a quien los necesita. Si al hijo se le ocurre alzar la voz, papá gobierno le llena la boca con perdigones, bombas lacrimógenas y balas porque de esas si hay. Eventualmente el hijo crece y con el paso del tiempo surge la rebeldía propia de quien ve todos los días como los demás juegan con su presente y su futuro.

Por eso no es de extrañar que muchos de los hijos se hayan ido.

De tanto repetir la frase vacía con que pregona que a sus hijos les ha dado todo, papá gobierno es el único que cree sus mentiras baratas. Los hijos, con las cicatrices que dejó el paso de los años y la piel pegada a los huesos, son la prueba fehaciente de que papá gobierno es un charlatán. Papá gobierno ha perdido los papeles: ni gobierna ni sabe cuidar a su familia. Sólo sabe cuidarse a si mismo porque él es lo único que importa.

Por eso es completamente comprensible que los que nos quedamos tengamos tantas ganas de independizarnos de una vez por todas de esta “familia” maquiavélica con la que nos ha tocado crecer.