Un robo más a la vista de todos

Por Rosmarbis Pérez

UCV, una pequeña ciudad de contrastes, de gente, de mezclas heterogéneas, de caos y bellezas. Entre un aproximado de 62.539 personas, me hallaba en un recorrido habitual, entre sus pasillos. Entré por la puerta Tamanaco. Las canchas de tenis eran testigo de la adrenalina de un partido pese al sol de las tres de la tarde y el zumbido de las chicharras.

¡Chama! ¿Estudiaste para psicología?— Dijo una morena con lentes tan grandes que su nariz pareciera desaparecer de su cara. Esos lentes al estilo Clark Kent, que están de moda otra vez.

Sí, me puse a leer la guía y los apuntes — Le respondió su compañera mientras sentadas en un banquito transcurría la tarde.

Me senté frente a mi escuela, Comunicación Social. Gente iba y venía, estudiantes y profesores sumergidos en su quehacer. Mientras esperaba que llegara la hora para entrar a mi clase, pasaba el tiempo y observaba carros, motos gente. Una y otra vez. Unas muchachas salieron de la escuela con sus celulares en mano, entre el ruido y el calor sofocante avanzaban sin poner demasiado detalle en su entorno.

Transcurrieron cinco minutos mientras observaba a las muchachas con sus teléfonos, cuando sin aviso previo, sin ser sospechosos y sobre todo sin ser invitados dos hombres sobre una moto se detuvieron frente a las muchachas que seguían distraídas, metidas en su tecnología.

Dame el teléfono — dijo aquel hombre con voz amenazante.

¿Qué?— preguntó una de ellas inmediatamente pálida.

Dame el teléfono y no grites— replicó nuevamente el hombre que iba de parrillero.

Sin ruido ni forcejeo, con muchos testigos pero completamente impunes aquellos hombres en moto se fueron con teléfono ajeno en mano. El tiempo estuvo detenido, no pasaron más de dos minutos para que aquellas estudiantes se convirtieran en otro número más que semanalmente se suman a la lista de estudiantes víctimas de la inseguridad en el campus.