Reprimir: El verbo favorito que el régimen utiliza para aferrarse al poder.

Caracas, 8 de marzo de 2014.

“Candelita que se prende, candelita que se apaga”, decía Maduro, en cadena de radio y televisión, en el 2014. En ese momento, el hombre se quitó la careta. Ante los medios y el mundo, no le importaba ser calificado como dictador.

Y en tres años las cosas se han recrudecido.

Estómagos vacíos, morgues a reventar, impunidad total, aniquilación del aparato productivo, inflación astronómica, hacinamiento en las cárceles, tortura a los presos en las tinieblas del Helicoide, un diálogo estéril, hermetismo ante fecha de comicios electorales. Un cóctel explosivo de eventos que amenazaba con explotar e incendiar las calles del país.

Y, sin embargo, la dictadura se iba consolidando.

Los ciudadanos perdieron la fe y esperanza en aquellos líderes que no supieron interpretar el momento exacto para iniciar la rebelión. Y lentamente el régimen fue retomando el terreno perdido. Incluso, de manera insólita, Maduro empezaba a escalar peldaños en las encuestas.

Pero una jugada inesperada en el gran tablero de ajedrez de la política lo cambió todo.

Caracas, 30 de marzo de 2017

El Tribunal Supremo de Justicia anuló la Asamblea Nacional. La opinión internacional condenó al dictador. Miles de protestas se exhibieron en las principales portadas de diarios del mundo. Y el régimen cometió un error. Me atrevería a decir que el único en 18 años.

Maduro reculó. Sintió miedo y culillo. Percibió en su nuca la respiración de la ONU y decidió retroceder. Se limpió las rodillas embarradas de tierra y se incorporó preparándose para enfrentar al único enemigo real que tiene. Su propio pueblo.

No obstante, en el medio de la historia, había tomado protagonismo una figura inesperada. La fiscal Luisa Ortega Díaz denunció la medida arbitraria del Tribunal Supremo de Justicia, y en claro acto de rebeldía tampoco asistió al Concejo de Defensa de la Nación.

Es decir, se separó de las filas del régimen.

El golpe de Estado que había ejecutado el TSJ era un acto vil y condenable, y así lo reflejó en sus declaraciones. La actitud de Díaz reveló las grietas en el PSUV y la oposición por fin aprovechó la oportunidad para avanzar.

Caracas, 3 de abril de 2017

Los líderes de la derecha empezaron a convocar gente masivamente a las calles.  Se concentraron en las avenidas de Caracas para marchar a la Defensoría del Pueblo, el lugar en donde se encontraba Tarek William Saab. El motivo de su protesta obedecía a que Saab debería haberse defendido al pueblo tras el golpe de Estado. Saab ignoró la visita.

Los diputados, dirigentes estudiantiles y estudiantes seguían exhortando la entrada al recinto. La insistencia del clamor popular terminó produciendo la aparición del ejército de Maduro. Los colectivos.

La manifestación se convirtió en represión.

De inmediato, las fuerzas de seguridad de choque del dictador arremetieron contra los diputados. A uno de ellos le golpearon con un objeto contundente en el rostro. 56 puntos de sutura necesitaron para cerrar la herida. El ataque demostró un indicio de las altas cuotas de violencia que el régimen está decidido a administrar con el objetivo de permanecer en el poder.

Caracas, 5-9 de abril de 2017

La gente se estimuló ante la convocatoria de las marchas. El discurso esperanzador y el cambio de mentalidad pasiva a una actitud combativa por parte de los dirigentes transformó la apatía de los ciudadanos en un insaciable deseo por ser artífices del cambio.

Día tras día las personas llenaban con su presencia las avenidas de Caracas. Caminaban a paso lento mientras alzaban pancartas en alusión no precisamente al amor que tenían por el régimen. Pronto encontraron un obstáculo. Dos brazos de seguridad que protegen al dictador y la guarida del mal llamado Defensor del Pueblo.

Vehículos de la Polícia y Guardia Nacional Bolivariana se habían estacionado en medio de la avenida. Al frente, una cuadrilla de hombres se habían dispuesto en filas mientras con una gran sonrisa torcida en sus rostros indicaban que se encontraba al final del camino.

Pero los ciudadanos no retrocedieron.

Entonces los esbirros utilizaron el verbo favorito del dictador. De esa forma, la represión, vieja amiga de dictadores de izquierda y derecha, hizo su aparición. Venía contenida en cinco tipos de bombas lacrimógenas que yacían vencidas en galpones que el régimen rescató del olvido.

La maltrecha Constitución las prohíbe en su artículo 68. “Los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a manifestar, pacíficamente y sin armas, sin otros requisitos que los que establezca la ley.

Se prohíbe el uso de armas de fuego y sustancias tóxicas en el control de manifestaciones pacíficas. La ley regulará la actuación de los cuerpos policiales y de seguridad en el control del orden público“.

Sin embargo, los funcionarios hicieron ignoraron la Constitución y comenzaron a lanzar gases lacrimógenos para reprimir a los ciudadanos.

Varios de los agentes dispersores se mostraban en estado de vencimiento, haciendo que, los efectos primarios y secundarios, pasen a ser devastadores.

Entre ellos se puede clasificar:

Gas rojo: Es el más peligroso de todos. Su uso está penado por los Derechos Humanos desde 1923. Aparte de funcionar como cualquier otro tipo de dispersor, tiene unas macabras características. Si entra en contacto con la piel puede producir quemaduras, inhalar el humo causa envenenamiento e incluso activa la aparición de células cancerígenas.

Cavim: Fabricada por la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares (Cavim). Llegó al país por medio de un convenio del régimen con la compañía española Falken. A raíz de las guarimbas en el 2014, el gobierno español suspendió su venta. El contenedor es de color rojo y se clasifica como un arma no letal. 

Condor GL-310: Proviene de Brasil. Hecho por la empresa Condor. Componía que se encarga de fabricar elementos para combatir disturbios. El artefacto gira en el aire y una vez cae a la superficie, una cortina de humo se expande en una radio circular, de al menos, 80 metros. Según testigos, la fecha de vencimiento del lote apunta a octubre de 2015.

Condor GL-309: El medio Runrunes reseño que Hugo Chávez en el 2010 le compró un lote a Lula Da Silva. Es decir, tiene 7 años de vencimiento.

Granadas APG-111: Se puede confundir con una granada de mano y es de color negro. Pertenece a la flota de bombas que envió Falken.

Rápidamente los estudiantes se prepararon para el ataque. Algunos, escondían en sus morrales, máscaras de gas, que usaron al instante. Funcionarios del régimen se encontraban absortos ante lo que estaban viendo. Y en medio del miedo y la confusión, decidieron subir un peldaño en la escala de violencia. 

Subieron el arma hasta sus hombros, pusieron el dedo en el gatillo y empezaron a disparar a diestra y siniestra. Uno tras otro. El perdigón se separaba en astillas de metal que se incrustaban en las espaldas desnudas de los estudiantes que por ambos flancos de la avenida huían hacia un escondite.

Y así transcurrió un día de manifestación que terminaban en represión por parte de las autoridades venezolanas.

El 6 de abril ocurrieron eventos parecidos, pero la noticia escalofriante ocurrió en horas de la noche.

Jairo Ortiz, estudiante de Ingeniería de 19 de edad se convertía en la primera víctima del régimen. Fue asesinado de un disparo en el pecho.

Su tío Julio Brillet manifestó que Jairo Ortíz se había quedado en la manifestación porque se hacía encontrado con un amigos, pero que él no era de andar protestando en la calle.

Sin embargo, testigo que estuvieron junto a Jairo, opinaron de una forma muy diferente: “La GNB estaba reprimiendo con perdigones, la policía estaba pegada a la reja del centro comercial Colinas de Carrizal. La GNB estaba en el centro. Él (Jairo) fue a lanzarles una piedra y yo les lancé una también. Volteé para alejarme y no di más de tres pasos cuando escuché que gritaron que había un herido. Cuando me di la vuelta, era Jairo. Estaba tirado boca abajo. Todos nos acercamos y lo revisamos para ver qué le había pasado. No se escuchó tiro ni nada, por eso pensábamos primero que se había asfixiado y luego le vimos la sangre en la nariz y creímos que le habían dado una pedrada los guardias”.

El asesinato de Jairo propició que una fracción de los estudiantes obstaculizaran una de las principales vías de acceso. Trancaron la carretera Panamericana en el kilómetro 25 al frente del Centro Los Altos. Unos protestaban sentados a lo largo de la avenida, otros sostenían pancartas en alusión al crimen que se había cometido contra un adolescente de apenas 19 años de edad.

El 8 de abril enfilaron contra los líderes de la resistencia. A uno de los gobernadores del estado lo inhabilitaron políticamente. 15 años fue la sentencia que demandó la Contraloría. Él respondió que su agenda no cambiaba, seguiría en las calles junto a los ciudadanos.

El miedo parece diluirse. Y ya, se tiene, en el currículo de la resistencia, un modus operandi ante los embates del régimen. Se comprobó que con máscaras de gas y una voluntad inexpropiable se puede hacerle frente a las huestes del dictador. Es ahora o nunca.