Del lado de la gente con dos dedos de frente, el progre da lástima.

Un progre es esa personita de izquierda y narcisista que intenta expiar sus culpas a través de la pseudomilitancia. En los setentas, el jurista estadounidense G. Gordon Liddy definió al progre como “aquel que se siente profundamente en deuda con el prójimo y propone saldar esa deuda con tu dinero”… ¿les suena familiar?

Desde el punto de vista socio-económico, el progre es alguien que no ha sufrido privaciones en sus necesidades básicas durante su vida, incluyendo su educación o entorno. Si nos pidieran ubicarlo en un estrato sería en la otrora numerosa clase media; aunque ahora aborrece a la aristocracia y a la oligarquía.
Para el progre promedio, conducir un auto de último modelo de gran cilindrada es perfectamente compatible con defender el movimiento ecologista. No importa cuán dudosa sea la procedencia de cualquier democracia, hay que defenderla a capa y espada; venga de Rusia, Venezuela, Ecuador o Irán. Es absolutamente lógico defender el laicismo y la religión islámica mientras se ataca a judíos y católicos. El progre defiende la pertinencia de las escuelas públicas, pero inscribe a sus hijos en institutos privados.

La defensa de los derechos humanos es como el carnet del club de los progres. Todo es justificable en base a la violación de los derechos humanos, aun cuando defienden y toman como ejemplo a seguir a países que son conocidos por pasarse la legislación por donde no pega el sol. El Che ha sido y será el ídolo de los progres por el resto de la eternidad. A nadie le importa que haya confesado por escrito cuánto le gustó fusilar a miles de personas durante la revolución cubana, ¿verdad, Pablo Iglesias?

A pesar de defender a capa y espada a los oprimidos, el progre es un burgués. Su ubicación en los estratos sociales le brinda un nivel de seguridad económica y personal que es esencial para su lucha por los derechos del pueblo. No hay nada como proclamar tu odio por el capitalismo desde un iPhone de última generación o una Macbook que supere los dos mil dólares.

Por eso, para salvar al mundo de la peste progre proponemos esta campaña.
Los progres son como títeres de cartón que repiten el mismo discurso sin cesar. Por eso, si los sometes a una conversación con argumentos van a quedar al descubierto: Son intelectualmente pobres; no leen más allá del discursito que les enseñan.

Nunca han leído a Marx, no saben cómo funciona la economía y en su búsqueda inmadura de una libertad utópica; lo que anhelan es un estado monstruo que tome todas las decisiones por ellos.

Si después de ese sacudón intelectual tu amigo progre sigue defendiendo lo indefendible, no te preocupes… ya la evolución hará lo suyo.