Decir que: “yo no voy al Suena Caracas porque esos 2 millones y tantos de dólares se podrían invertir en algo mejor” es comprensible, pero creerlo ya es o bien ser demasiado ingenuo o ser demasiado soñador.

¿A dónde más podían ir a parar esos 2,6 millones de dólares, que según dicen invirtieron en el evento? ¿Irían a mejorar las universidades que a nadie le importan, a traer las medicinas que ni en donativos se reciben o a recuperar el alumbrado público de las calles que ya nadie transita de noche? No: ya sabíamos desde mucho antes que nada de esto iba a pasar bajo ningún concepto, y sin embargo decepciona recordarlo.

Pero volvamos atrás, a tiempos mejores: a la primera edición del evento en el año 2014.

Hablar de lo que fue el Suena Caracas en su primera edición es casi como hablar de otro evento, en otro país: ese año el dólar paralelo promediaba los BsF 150, y entre las bandas participantes se encontraban Desorden Público, C4 Trío, Zapato 3 y Café Tacvba. El evento, según se sabe, costó 3,3 millones de dólares ese año.

Volvamos al 2016.

Este año en cambio, el dólar está rondando los BsF 2.900 -mientras escribo, claro, porque al ritmo que vamos cuando leas esto, ya costará más-, y el plato fuerte del evento son un reggaetonero llamado Prince Royce y varios conjuntos de salsa que seguramente tienen sus seguidores, pero que a mí francamente no me suenan de ninguna parte. También hay otros géneros, claro, pero se les ha hecho menor promoción.

A lo mejor soy demasiado cerrado: de salsa solo conozco a Héctor Lavoe, a Larry Harlow y Benny Moré, y algún que otro pasito estúpido, lo bastante como para hacer el ridículo en las fiestas. Total que el hecho de que la salsa sea el plato fuerte del evento, al menos durante la apertura, ya de entrada a mí no me compra.

Veo el resto de la cartelera de este año en otros géneros, donde Marky Ramone es lo más ‘alto perfil’ o Gillman -obviamente iba a estar- y la verdad no me atrae. Eso sin contar el embrollo en que al parecer se metieron los panas de Anorexia Isan por negarse a telonear Marky Ramone: según relatan, parece una persecución. Pero eso es otra historia.

En fin, que la lista final de participantes me parece un tanto apurada, por no decir mala.

Comparo inevitablemente esta cartelera con la del 2014, y la verdad es que otra comparación se me viene a la cabeza: la de la Misión Vivienda y la bolsita del Clap.

Como quizá muchos recuerden, en el año 2013 hubo elecciones presidenciales. No me detendré mucho en ello, pero recuerdo que ese año -por casualidad, suerte, destino, Divina Providencia, aliens o cualquier otro motivo-, fue cuando la Misión Vivienda se puso de moda. Lo más ‘in’, lo más en boga en aquel entonces era tener un terreno disponible para que el Gobierno te diera una casa. Esa Misión fue relativamente importante hasta entrado 2014 0 2015, que yo recuerde, si bien se supone que sigue en pie.

Tres años después, se cambió el paradigma, y la misión más destacada de este año -¿quién lo puede negar?- ha sido la de la bolsita del Clap, una micro mercado de alimentos que ni siquiera se regala, sino que se vende. Me es difícil decir que hemos mejorado.

Puede que sea exagerado, pero para mí la comparación es bastante próxima, especialmente si tenemos en cuenta que en esta edición hay qué comprar las entradas.

Son muchas más las razones para no ir. Habrá otro que aporte más, otro que diga que soy un miserable, que no sé vivir de las flores o que soy un caprichoso, un elitista. El punto es que no iré.

Se agradece la buena intención del gobierno -si es que la hubo- por tratar de hacer algo tipo juvenil, pero la verdad es que si no quise aquella casa regalada en 2014, mucho menos quiero ahora esta bolsita vendida.

Por mi parte bien pueden quedarse con ese dinero -porque ya se sabe que a algo útil no va a ir a parar de cualquier forma-, y mejor suerte el próximo año, porque si este año yo no voy, y por lo que veo en las redes tú tampoco vas, aunque el evento se haga, para mí Caracas suena y sigue sonando a más dinero perdido.