No es que seamos haters y veamos el vaso medio vacío, pero es que vivir en Venezuela no te da para mucho más. En este país, por más que trates de hacer las cosas bien, todo está mal.

Está mal que en 2017, decirle a alguien gay siga siendo material para chistes. Está mal que no diferencies entre un niño y un adulto a la hora de hacerte el graciosito. Definitivamente, hay que ser estúpido para cometer el error garrafal de ponerle las cosas tan fáciles al gobierno para que cierre un espacio de disidencia. Ah, se me olvidaba, es que el sentido común y la ética profesional escasean en estos días.
Está muy mal que en este país la idea de la solidaridad instantánea siga existiendo. No es obligación apoyar algo sólo porque sea de tu amigo o se haya hecho acá. ¿O es que no hemos aprendido nada sobre la falta de criterio en este país?

No solo son cosas las que están mal, hay gente que está mal.

Hay gente que ha hecho del salto de talanquera su profesión y pretende que su credibilidad se mantenga intacta ante el ojo público. Hay gente que esparce odio con sólo respirar y arma una llorantina propia de un culebrón cuando, por buscapleitos, le dejan marcada en la cara la fulana zurda de la que tanto ha hablado.

También están los que traicionan sus principios por un fulano proceso, reculan y después quieren ser recibidos con los brazos abiertos. Hay un número finito de veces que puedes engañar a una persona con el mismo truco. Están los ascetas de papel que reniegan de la riqueza mientras se hospedan en hoteles cinco estrellas, cambian de Rolex a diario y vuelan en aviones privados. Dan asco los “candidatos” a las gobernaciones que parecieran vivir alimentados por alcaloides y terminan haciendo ridiculeces en público.

Basta de saboteadores de oficio; basta de discursos excesivamente optimistas que no hacen otra cosa sino confundir y distorsionar. Hemos tenido suficientes acuerdos y reparticiones de poder tras bastidores; galimatías absurdos que al final no conducen a ningún lugar.

Está muy mal todo y lo peor del caso es que hay gente que no se da cuenta. Se hacen los locos y sacan su complejo de avestruz a pasear sin darse cuenta de que con eso solo aumentan la pila de cosas por cambiar. Pretenden que siempre sean otros los que arreglen el desastre y eso también está mal.
En situaciones como esta, donde pareciera que hasta el planeta está girando al revés, la única solución posible es arremangarse y ayudar a enderezar el curso. No hay dudas de que es una tarea titánica, pero completamente posible. Es cuestión de pensar un poquito antes de hacer las cosas; perder el miedo a parecer loco por tener principios y realmente tirar hacia el mismo lado.

Apelar a la defensa de que fue un chiste que alguien se tomó demasiado en serio no tiene sentido; mucho peor es justificarse con el hecho de que el otro hace cosas iguales o peores en televisión nacional. Defender lo indefendible porque el que se equivocó es nuestro amigo, compañero de equipo, o inclusive paisano está mal.
Toca abrir los ojos y poner en práctica lo que hemos aprendido a la fuerza; es tiempo de alzar la voz y decir que no estamos de acuerdo con lo que se nos está vendiendo. Decía Nietzsche que hay que andar con cuidado cuando se está combatiendo un monstruo; no vaya ser que uno termine convertido en eso contra lo que está peleando.