En Venezuela hemos perdido.

Hemos perdido familiares, amigos; hemos perdido tranquilidad y calidad de vida. Pero desde abril perdimos algo mucho más importante: El miedo.

En los últimos 18 años el gobierno nos ha ido robando pedacitos, intentando minimizar a todo aquel que no estuviese de acuerdo con el dogma que los caracteriza. Después del primer campanazo que dio la gente en 2014 con “La Salida”, el régimen estaba sobre aviso pues había empezado un cambio de conciencia.

Lo que ellos jamás sospecharon fue que el hastío en el que nos habíamos escudado, a fuerza de racionamientos forzosos y falta de comida y medicinas, nos iría aglutinando hasta crear un gigante dormido. Lo peor que puede hacer un gobierno autoritario, cuando él mismo se ha recortado la cadena a fuerza de irrespetos, es despertar a un titán que sólo tiene una idea corriendo por sus venas como gasolina.

Quien ha estado en las marchas o simplemente ha visto los videos puede percatarse deque hay un elemento distinto al de protestas anteriores: la actitud desafiante de quien ha visto como las opciones le son arrebatadas sin explicación alguna. Estos jóvenes que han nacido y crecido ante la mirada indiferente del régimen son quienes lideran la avanzada. Saben que el riesgo es inmenso, pero nada puede ser peor que la falta de futuro que les ofrece la mal llamada “revolución”

Con un brío fácilmente comparable al de los relatos en los libros de historia que el régimen se ha empeñado en borra, la gente abandonó su rutina y se volcó a las calles. Armados con capuchas de franela y escudos improvisados, les hicieron frente a unos militares faltos de honor que inescrupulosamente quebrantaron el juramento que alguna vez hicieron ante el país. La reciedumbre y tenacidad que nos caracteriza nos ha permitido ver a los ojos de nuestros verdugos mientras retroceden ante una nación que solo quiere recuperar su identidad.

En el mismo frente de batalla hemos encontrado cosas que muchos daban por perdidas. La empatía del venezolano con quien más lo necesita y la capacidad de reconocerse en el otro -sin importar de dónde venga- siguen ahí. Celebramos juntos y lloramos a cada caído como si fuese nuestra propia sangre. Es nuestra propia sangre.

Llevamos más de 40 días de protesta pacífica y la gente sigue en la calle sin retroceder. Hemos perdido a más de cincuenta guerreros y estamos seguros de que su sacrificio no será en vano. En una nación que busca renacer del período más miserable de su historia no hay lugar para retroceder y mucho menos para el miedo.

Hoy nuestras redes y medios serán la caja de resonancia de los eventos de los últimos días, de esa la lucha épica que pronto nos llevará a la Libertad.