Esta semana se me ha hecho difícil escribir un editorial.
Se me hace difícil porque estamos en los días previos a lo que solo puedo imaginar como un apocalipsis.

Más de 100 días de calle cansan. Más de 100 días de abusos duelen. Pero si algo he aprendido -a las malas- es que la impaciencia no es buena consejera: En el ámbito político, es el camino más seguro al fracaso.
Entonces, el mejor uso que puedo hacer de estas líneas es el siguiente:

En esta Venezuela histórica -que también es una Venezuela histérica- tanta presión nos vuelve locos. Un día nos resteamos con los partidos políticos y al día siguiente no sirven para nada. Pasamos de ser completamente optimistas a derrotistas -y viceversa- con la misma facilidad con la que respiramos o parpadeamos.

Es fácil ser pesimista y decir que no hay salida. Más aún ser cínico y pensar que todo lo que sucede más allá de las calles es una gran pantomima. No olvidemos que son estos cien días de lucha sin descanso los que nos han traído hasta aquí. Que el esfuerzo de todos, si de todos, ha sostenido este resurgir de la disidencia en Venezuela.

El dictador y su combo se han desnudado ante el mundo: Sus acciones han demostrado que solo la violencia los sostiene en el poder. A nosotros nos toca mantener la mente fría y el corazón encendido.

Por primera vez en muchos años, los venezolanos estamos escribiendo nuestra historia. Lo hemos dicho desde un principio, el camino es uno solo y hay que transitarlo con paso seguro.
En este cuento no valen tachones, no es el momento de improvisar.