La práctica de la zoofilia, a lo largo de los años, ha sido recurrente en algunas civilizaciones antiguas.

Según la doctora Hani Miletski, en Babilonia, las personas mantenían fiestas orgiásticas, acompañados de familiares, y también, de sus mascotas.

Los animales eran usados como fuentes de placer por hombre y mujeres; utilizándolos hasta el cansancio. Víctimas del esfuerzo, los extenuados canes, se desplomaban en el suelo.

Una vez muertos, los babilonios tenían por costumbre, separar el pene muerto de los perros para añadirlo como objeto en sus extrañas y retorcidas prácticas sexuales.

Por su parte, en el antiguo Egipto, el faraón Keops, vociferaba a los cuatro vientos, que encontraba más satisfacción montando a sus yeguas, que a su propia mujer.

Ya en Dinamarca el asunto se volvió aún más grave. En 1969, se aprobó el bestialismo. Y una vez instaurado este enfermo ejercicio, empezaron a resurgir individuos que lo quisieron llevar a la fama.

Bodil Joensen, denominada la emperatriz del porno bestialista,  tuvo una infancia marcada por los abusos. Hija de una madre fanática del catolicismo, no le permitía poder relacionarse con niños de su edad.

Así que Joensen desarrolló una extraña relación con el único elemento que estaba a su disposición y qué, en teoría, no resultaba peligroso para la menor.

El animal, de nombre Spot, representó para Joensen, la idea más profunda de amor, y tal vez como no mantenía relación con otras personas, empezó a sentir una súbita atracción por los animales.

De hecho, en un estudio sobre sexualidad realizado en 1974 para la Fundación Playboy, Morgan Hunt indicó: “Durante los primeros años de la infancia, el ser humano es como una esponja y se le enseña a elegir a otros seres humanos como objetos de su amor y, finalmente, como objetos sexuales“.

Según Hunt, “la mayoría de encuentros sexuales entre humanos y animales son experiencias aisladas o muy raras de naturaleza principalmente experimental y quedan en su mayoría confinadas a los primeros años de vida“.

Así que como era de esperar, la adolescente desequilibrada tuvo relaciones con su adorado perro, luego huyó de su casa y se refugió en la granja de un hombre que se dedicaba a inseminar cerdos.

Transcurrido unos años, Joensen ahorró y construyó una granja que bautizó como Central de Inseminación. Allí, se dedicaba al cuidado y crianza de varios animales.

En ese entonces, en Dinamarca se estaba gestando una generación de cineastas bastante atrevidos que utilizaron el tema trending de la zoofilia en su propio beneficio para alcanzar la fama.

Uno de ellos, fue Ole Ege. Entre 1969 y 1972 hizo un numero incontables de filmes que giraban en torno a monstruosas historias sobre la zoofilia.

Debido a la creciente atracción que Joensen sentía por el material visual de Ege, y en vista de que quería explorar su más profundos deseos, contactó con la compañía de trabajo de Ege.

Ege, después de mantener una conversación bastante subida de tono con Joensen, accedió a sus particulares peticiones.

El resultado puede observarse en el film Summerday, en donde se muestra a la desequilibrada mujer en un completo éxtasis mientras es penetrada por una fila de animales hambrientos de sexo.

El documental, por extraño y loco que resulte, ganó un premio en el festival de cine Wet Dream de Ámsterdam en 1970 y convirtió a Joensen en toda una estrella underground.

Una creciente desviación sexual que aumentaba en miembros se empezó a conformar bajo la retorcida mirada de Joensen. Ella se había proclamado como la emperatriz del bestialismo y la granja que había utilizado para filmar se convirtió en su palacio.

Miles de visitantes querían visitar los dominios de Joensen para observar los diferentes animales que actuaron como actores ponográficos en el documental Summerday.

Sin embargo, y con el peso de los años, la fama de Joensen fue decayendo. Además, la granja progresivamente evidenció un estado de deterioro, a tal punto que las autoridades trataron de intervenirla, por medio de un embargo. 

Detenida y enviada a la cárcel, Joensen padeció un profundo dolor cuando se enteró que el amor de su retorcida vida, su perro Spot había sido asesinado por efectivos policiales. Una vez que cumplió el tiempo de condena entre rejas, se entregó a la prostitución y consumo de sedante para enfrentar la depresión que la desgarraba desde adentro.